Tu presidente ya no es el último modelo.
Llega para romper con todo lo anterior. Pero hasta el último iPhone deja de ser el último. Y gobernar exige bastante más que ser la novedad.
Jimena Chabrux
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Salió el último iPhone y volvió a pasar. Filas interminables, videos, comparaciones, gente haciendo cuentas, otros explicando por qué este sí vale la pena y por qué el que tenemos, que probablemente funciona perfecto, ya quedó viejo. Me incluyo: también lo miro y siento un deseo irrefrenable de tenerlo, aunque el mío funcione bien.
Hay algo de la novedad que nos atrae incluso antes de saber exactamente cuánto cambia nuestra vida. Hace un tiempo empecé a usar esa escena para pensar un fenómeno que vengo estudiando hace años: la irrupción de los outsiders en política. Lo llamé el síndrome del último iPhone.
La comparación nunca pretendió decir que elegimos presidentes como compramos teléfonos. Sería bastante básico. Me interesa por otra cosa: vivimos en una cultura atravesada por la actualización permanente. Cuando algo se vuelve lento, previsible o deja de responder a lo que esperamos, buscamos la versión siguiente. Y la política no vive fuera de ese clima de época. Frente a partidos desgastados, instituciones lejanas o dirigencias que parecen hablar entre ellas, lo nuevo puede adquirir un valor político propio. Pero un año después de aquella primera idea, hay otra pregunta que me resulta todavía más interesante: ¿qué pasa cuando el último iPhone deja de ser efectivamente el último iPhone? O, puesto en términos políticos, ¿qué pasa cuando el outsider gana, gobierna y deja inevitablemente de estar afuera?
El outsider no cae del cielo.
Hay una tendencia a explicar al outsider como una anomalía: alguien que apareció de golpe, aprovechó las redes, capitalizó el enojo y alteró un sistema que hasta ese momento funcionaba con relativa normalidad. Tengo una mirada bastante distinta. Antes de estudiar al outsider me interesa estudiar qué estaba pasando en el sistema que permitió que ese outsider se volviera competitivo. La ciencia política lleva años mostrando que la categoría ni siquiera es tan sencilla como suele presentarse. Miguel Carreras, por ejemplo, distingue grados de outsidership según dos variables centrales: la trayectoria política previa y la relación del candidato con los partidos establecidos. En su tipología aparecen full outsiders, mavericks y amateurs. Es decir, no hay una única manera de venir “desde afuera”.
Tampoco outsider es sinónimo de populista, y esa distinción me parece importante. El populismo describe una lógica política diferente: en la definición hoy clásica de Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser, se contrapone un “pueblo puro” con una “élite corrupta” y reivindica que la política exprese la voluntad general del primero. Se puede ser outsider y populista, sí, pero una categoría no presupone necesariamente la otra. De hecho, Carreras advierte expresamente que asumir esa equivalencia lleva a confusiones analíticas.
Parece una discusión académica, pero tiene consecuencias muy concretas. Si usamos outsider como sinónimo de populista, antisistema, derecha, izquierda o dirigente excéntrico, dejamos de entender el fenómeno. Y a mí me interesa entenderlo justamente porque no creo que pueda reducirse a un nombre propio ni a una ideología. Lo que vemos detrás de experiencias muy diferentes es una pregunta sobre la representación.
Por eso suelo decir que el outsider es el síntoma, no la enfermedad. Lo que está en terapia intensiva es todo un sistema y, especialmente, una de sus aristas: la representación política. El outsider no inventa el malestar: ocupa y narra un vacío. Cuando los partidos se vuelven endogámicos y pierden capacidad para ser ese espacio de encuentro entre sociedad y poder, algo queda vacante. Y cuando la silla de la representación queda vacía, alguien viene y se sienta.
A eso se suma una transformación radical de la comunicación. Hoy un liderazgo puede construir una relación con millones de personas sin depender de las viejas puertas de entrada a la política. Andrew Chadwick explicó hace tiempo que no vivimos simplemente el reemplazo de los medios tradicionales por las redes, sino un sistema híbrido, donde conviven y se mezclan lógicas nuevas y viejas. Y todo eso ocurre, además, en plena batalla por el mercado de la atención, una pelea que se libra segundo a segundo en el algoritmo. Hoy la política ya no compite solamente contra otro candidato. Compite contra algo mucho más simple y, a la vez, mucho más difícil: un dedo que scrollea sin parar. Compite contra Netflix, TikTok, WhatsApp, Instagram, Facebook, X y también contra la polémica, el drama o la historia del día.
Ahí los outsiders tienen una ventaja evidente: pueden nacer políticamente dentro de ese nuevo ecosistema sin cargar necesariamente con todos los códigos del anterior. Pero me parece un error concluir que las redes fabricaron el fenómeno. TikTok puede acelerar una conversación, Instagram puede humanizar un liderazgo, un reel puede destruir intermediaciones que antes parecían indispensables. Lo que un algoritmo difícilmente pueda hacer es inventar desde cero una crisis de confianza. El algoritmo no fabrica el hartazgo. Lo amplifica, lo organiza y, muchas veces, le pone una cara.
El verdadero problema empieza cuando gana.
Hasta acá está la parte que más conocemos: la irrupción. El personaje inesperado, la campaña disruptiva, el candidato al que primero subestiman, después intentan explicar y, cuando ya no pueden ignorarlo, terminan queriendo imitar. Pero lo verdaderamente interesante empieza después. Porque el día que un outsider llega al poder deja, inevitablemente, de estar afuera. Ya no alcanza con representar el hartazgo ni con señalar lo que no funciona. Ahora tiene presupuesto, burocracia, leyes, funcionarios, oposición, otros poderes del Estado, intereses que articular y decisiones concretas que tomar. Y ahí aparece la parte más incómoda del fenómeno: gobernar no se resuelve con un buen reel. La disrupción puede llevarte al poder, pero gobernar exige mucho más que romper con lo anterior.
Ahí aparece la paradoja. La desintermediación puede ser extraordinariamente eficaz para construir liderazgo, pero gobernar requiere intermediaciones. Se puede ganar una elección alrededor de una personalidad, y de hecho vemos de forma creciente liderazgos hiperpersonalizados; pero administrar un Estado alrededor de una sola persona es bastante más difícil. La investigación comparada sobre outsiders en América Latina incluso encontró mayores riesgos de conflicto Ejecutivo-Legislativo cuando presidentes con escaso anclaje partidario debían relacionarse con congresos dominados por fuerzas institucionalizadas. Aquello que durante la campaña puede presentarse como libertad respecto del sistema, en el gobierno también puede convertirse en ausencia de capacidades para articular dentro de él.
Y acá es donde creo que muchas discusiones sobre outsiders se quedan a mitad de camino. Se concentran en si ese liderazgo “es bueno” o “es malo”, si representa una amenaza o una renovación, si nos gusta o nos incomoda. Son preguntas legítimas para el debate público, pero sin profundidad. Hay otra bastante más potente: ¿qué logra construir después de haber roto?
Porque el problema del último iPhone es precisamente ese: un día deja de ser el último. Y es que la novedad por definición tiene fecha de vencimiento. La bronca puede abrir una puerta, una personalidad puede condensar una demanda y una campaña puede transformar frustración en mayoría. Pero después hay que gobernar. Y un millón de seguidores no son una administración pública. Una comunidad digital no es un partido. Una relación directa con el electorado no sustituye, por sí sola, la capacidad institucional. Eso no significa reivindicar estructuras obsoletas y demagogas sólo porque son estructuras. Significa entender que incluso la política más disruptiva necesita construir algo capaz de sobrevivir a su propio momento de ruptura.
Institucionalizar la disrupción.
Hace tiempo vengo insistiendo en una idea: el desafío no es domesticar la disrupción. Mucho menos eliminarla. ¡Bienvenida la irrupción cuando viene a poner en crisis aquello que dejó de funcionar! El desafío verdaderamente difícil es otro: institucionalizarla.
Puede sonar contradictorio, pero creo que es exactamente al revés. Si el outsider apareció porque había ciudadanos que sentían que el sistema ya no los representaba, la respuesta no puede ser obligarlo a convertirse, apenas asume, en una copia de aquello que vino a cuestionar. Sería pedirle al cambio que deje de cambiar. Pero tampoco alcanza con gobernar en un estado de ruptura permanente. Una democracia no puede vivir eternamente en campaña ni una institución puede depender indefinidamente de la excepcionalidad de un liderazgo.
Institucionalizar la disrupción significa transformar una demanda de cambio en capacidades que duren: mejores reglas, organizaciones que funcionen, equipos, mecanismos de participación, nuevas formas de comunicación, procedimientos menos absurdos y burocráticos, instituciones capaces de adaptarse a ciudadanos que ya viven en otro siglo. Significa que la innovación política deje de depender exclusivamente del carisma de quien la encarna. Porque, si todo desaparece cuando desaparece el líder, quizás no hubo una transformación del sistema. Hubo solamente un cambio de protagonista.
Y acá también hay una pregunta para la política tradicional. Frente al outsider, oscila entre dos respuestas igual de cómodas: denostarlo o copiarlo. Primero lo considera una rareza y, cuando descubre que funciona, intenta imitar la estética. El resultado es horripilante: aparecen dirigentes que de repente fuerzan alguna mala palabra, abren TikTok o ensayan una espontaneidad que se nota a kilómetros. Ser disruptivo no es vestirse de outsider. Aquello burdamente impostado salta a la vista. La disrupción no es una campera, una red social ni un tono de voz. Es detectar una demanda que otros dejaron de escuchar y construir una respuesta distinta.
Por eso creo que el fenómeno outsider debería incomodar especialmente a quienes hacen política hace muchos años. No para asumir que todo lo nuevo es mejor ni para idealizar a quien viene de afuera, sino para hacerse preguntas: ¿qué dejaron de escuchar? ¿Qué lenguaje dejaron de entender? ¿Por qué la experiencia política, que debería ser un activo, a veces puede ser percibida como parte del problema? ¿Cómo puede una persona confiar más rápido en alguien que apareció hace poco que en una organización construida durante décadas? ¿En qué momento “yo no soy político” se convirtió, paradójicamente, en una credencial política?
Tal vez en ese punto esté el dato más importante de todo este proceso. Durante años analizamos a los outsiders tratando de descubrir qué tenían ellos de extraordinario. Quizás también deberíamos preguntarnos qué tenía de insuficiente aquello que había antes. Porque una democracia saludable no debe temer a la novedad, pero tampoco puede depender de empezar nuevamente desde cero cada cuatro años.
Vuelvo al iPhone. Sale uno nuevo y queremos verlo, saber qué cambió. Durante un tiempo parece extraordinario. Hasta que deja de ser nuevo y tiene que demostrar algo bastante más difícil: que efectivamente funciona mejor.
Con los outsiders pasa algo parecido. La novedad puede capturar atención, la ruptura puede abrir una puerta y el hartazgo puede convertirse en mayoría. Pero después llega la prueba que importa: qué queda cuando la novedad deja de ser novedad.
Ahí radica el verdadero desafío de institucionalizar la disrupción. Que el cambio no dependa para siempre de un nombre propio. Que aquello que vino a romper también sea capaz de construir.
Porque el outsider no aparece de la nada, brota del abandono. Ocupa el vacío que la política tradicional dejó huérfano. Lo narra, le pone palabras a la frustración, asigna un culpable y edifica un "nosotros" donde la sociedad vuelve a sentirse parte. Su verdadero desafío no es eternizar la novedad, sino transformarla en un legado que sobreviva a su propio ecosistema.
Y el desafío para la política no es imitar al outsider, mucho menos enojarse con él. Es mirarse al espejo y hacerse la única pregunta que importa: ¿cuál fue la falla en la representación y qué se hizo tan mal para que el outsider se volviera necesario?
