¿Tengo que ser más hijo de puta?
“Juan es bárbaro pero tiene que ser más hijo de puta” dijeron cuando era Diputado Nacional, ¿es necesario?
Juan Manuel López
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El primer capítulo de la segunda temporada de House of Cards (2014) termina con Frank Underwood diciendo a cámara: «...For those of us climbing to the top of the food chain, there can be no mercy. There is but one rule: hunt or be hunted. Welcome back».
«Para quienes estamos escalando hacia la cima de la cadena alimentaria, no puede haber piedad. Solo hay una regla: cazar o ser cazado. Bienvenidos de nuevo».
Siempre me resonó esa frase, por cinematográfica, por el personaje y porque en esa época estaba empezando a descubrir que la política era lo suficientemente hostil como para que ese guión fuera verosímil. En esos años hacía tiempo que caminaba seguido por los tribunales de Comodoro Py llevando las denuncias de Elisa Carrió y de la Coalición Cívica; era coapoderado partidario y asesor en el Congreso, y eso me daba bastante cercanía a ciertas dinámicas del poder.
Cuando hace poco leí La hora de los depredadores, de Giuliano da Empoli, volví a recordar la frase y vinieron a mi memoria varias más que recopilé durante años y que registré como verdades más o menos descarnadas de personas que habían pasado por momentos de poder más o menos prolongados. No en todos los casos lo habían podido asimilar; algunos sí lo hicieron, pero con un alto costo humano e incluso psicológico.
Una de las frases que recordé, más allá de la autorreferencialidad y de que la puedo comentar porque no involucra a nadie más, fue la siguiente: «Juan es bárbaro, pero tiene que ser más hijo de puta». Decía sobre mí alguien que me conoce mucho a otra persona, sin duda para que me lo transmitiera. En esa época yo era Diputado Nacional, llevaba varios años en el Congreso y presidía un bloque político. La frase me interpelaba: era un tema que ya me había planteado, un dilema personal en el que tenía muy claro cómo lo resolvían otros y cuáles eran mis límites, aun habiendo experimentado el placer primitivo de ejercer el poder en alguna situación concreta.
El costo humano y psicológico del poder está desarrollado de manera impecable en el libro de Marcos Peña, El arte de subir (y bajar) de la montaña. Ese libro me acompañó en el proceso de registrar con mayor claridad la agresividad del mundo en el que me desenvolví durante muchos años. También desarrolla los desafíos y propone algunos abordajes.
En una entrevista vinculada con el contenido de su libro, dentro de su indagación sobre los desafíos que enfrentan los liderazgos —en particular los políticos—, Marcos le hace una pregunta al sacerdote jesuita Rodrigo Zarazaga, fundador del Instituto Universitario CIAS (que busca formar dirigentes desde su juventud y del cual tuve la suerte de integrar la primera camada en 2015, formando parte todavía de esa comunidad). Le consulta si, más allá de la tendencia a que alcancen los lugares de mayor poder los perfiles innatamente líderes —a mi juicio y simplificando, los que se animan a ser más hijos de puta—, es posible preparar a las personas para atravesar situaciones complejas de liderazgo.
Indagan sobre esa tensión: si los líderes nacen como tales y la tarea consiste en identificarlos, formarlos y acompañarlos a cumplir esa misión, o si podemos pensar y preparar a personas con aptitudes que, en determinadas circunstancias, ocupan transitoriamente lugares de liderazgo. Lo que queda claro tanto en el libro como en esa entrevista es que, a esta altura de la historia y en cualquier caso, el factor humano se descuida con más frecuencia e intensidad de la debida, aun entre quienes cuentan con una sólida preparación técnica.
Giuliano Da Empoli caracteriza a cierto grupo de líderes actuales como «los borgianos», en alusión a César Borgia —el modelo de El Príncipe de Maquiavelo: la bestia política que combina astucia de zorro y ferocidad de león para imponer su voluntad sin apego a reglas preexistentes—. Serían los animales puramente políticos, apasionados por el caos del conflicto, el ejercicio crudo del mando y la confrontación directa. Son los que remiten a ese ambiente hostil que percibí hace años, al peligro de cazar o ser cazado que resumía Underwood en su advertencia para quienes escalan hacia la cima del poder. Esa caracterización sostiene que la hora de los depredadores actual no es más que la vuelta a la normalidad, y que «la anomalía ha sido más bien el breve período en el que se creyó embridar la sangrienta búsqueda del poder mediante un sistema de reglas».
Lo que hace un tiempo me lleva a preguntarme: ¿cómo hacemos los que no somos líderes innatos —los que «tenemos que ser más hijos de puta»— y además creemos en las instituciones para hacer política y no desgastarnos?
Desde que dejé el Congreso solo me llaman de la tele para comentar la cascada de Adorni, a los vecinos de Cristina o el vuelo de Massa a Barbados. Y no voy. Algunos me dirían: «Hacés mal, tenés un espacio para explotar los sentimientos de ira y de frustración de la gente, para jugar en el caos». Pero más allá de que la lucha contra la corrupción es una tarea infinita —hoy, después de haberla acompañado cuando era muy difícil—, creo que algunos tenemos que pensar con otra perspectiva en los desafíos de mejorar la calidad de los liderazgos (al menos de los que se dejen acompañar) y de trabajar, tal vez más silenciosamente, en alinear los incentivos para que las democracias pervivan y cuenten con instituciones fuertes que las contengan frente a la hora de los depredadores. También es otra forma de prevenir la corrupción.
Hace un tiempo Santiago Caputo, que se mueve con facilidad en esta era, subió a X (Twitter) una intervención del exjuez de la Corte Suprema de Estados Unidos, Antonin Scalia, para explicar por qué «la República como sistema nunca funcionó tan bien en la Argentina como desde la asunción del Presidente Javier G. Milei». Creo que Santiago quería referirse en particular a la facultad del presidente de la Nación —en un régimen presidencialista— de vetar leyes del Congreso, y a cómo en estos esquemas (constitucionalmente válidos) el proceso legislativo resulta virtuosamente colaborativo y de frenos mutuos entre poderes. A mí me gustó pensar que algunos libertarios quizá vieron que en ese video está la respuesta que da Scalia ante su propia pregunta retórica: ¿cuál creen que es la razón por la que EE. UU. es un país tan libre? Se responde a sí mismo que no es el Bill of Rights (la Carta de Derechos); cualquier república bananera tiene uno. Apunta, en cambio, a la estructura de la Constitución, distinguiéndola porque previene la concentración del poder en una sola persona o en un partido mediante la división republicana: la independencia del Poder Judicial, un Congreso bicameral y el veto cruzado, entre otras cosas.
Para quienes creemos en las instituciones y en la distribución del poder que proponen tanto la república estadounidense como la frágil República Argentina; para quienes sostenemos que los liderazgos pueden ser situacionales, aun cuando los liderazgos agresivos suelan sobrevivir mejor y sean, por lo general, los que llegan al poder más fácilmente; y para quienes creemos que, si bien la política quizá es la continuación de la guerra por otros medios, la sociedad todavía puede ser persuadida de que la guerra o la autocracia son infinitamente más costosas que la democracia, la tarea por delante es desafiante: trabajar para sostener un sistema de reglas donde, como escribió James Madison en El Federalista, «la ambición contrarreste a la ambición», posiblemente la ambición de muchos depredadores, y procurar que aquellos dirigentes que no están dispuestos a disociarse y volverse despiadados, pero asumen la carga del liderazgo, cuenten con la formación, las herramientas y el acompañamiento necesarios para sostenerse.
