¿Quién necesita juniors?
Si la IA puede hacer el trabajo que antes hacía un junior, ¿qué tiene para ofrecer alguien que recién empieza?
Delfina Irazusta
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Tuve la oportunidad de conversar sobre mi experiencia en RIL con jóvenes universitarios. El intercambio me dejó pensando y, con esos pensamientos todavía dando vueltas, escribo estas notas.
En estos tiempos, las discusiones sobre inteligencia artificial giran una y otra vez alrededor de las mismas preguntas: qué cosas van a dejar de existir y qué cosas van a nacer en su lugar. A esa lista quiero sumarle una más: dentro de las transformaciones en el mundo del trabajo hay una que me interpela especialmente. La categoría junior, tal como la conocimos, está a punto de desaparecer.
No porque deje de haber personas buscando su primer trabajo, sino porque se rompió la lógica que durante décadas le dio sentido a esa categoría.
Ser junior significaba entrar a una organización sin saber demasiado y aprender ahí adentro, haciendo muchas veces las tareas que nadie más quería hacer.
El pacto ganar-ganar que sostenía al junior.
El vínculo entre un junior y su primer empleador siempre fue, en el fondo, un intercambio bastante simple.
El empleador tenía un montón de tareas menores, repetitivas y de bajo valor agregado que nadie con más experiencia quería ocupar su tiempo haciendo: armar una planilla, resumir un documento, buscar información, preparar un primer borrador. El junior las tomaba. Y, a cambio, aprendía. Aprendía el oficio, la cultura de la organización, cómo se toman decisiones, cómo se trabaja de verdad más allá de lo que enseña cualquier carrera. Ganaba el empleador, porque podía delegar aquello que no quería hacer. Ganaba el junior, porque se formaba mientras cobraba un sueldo.
Ese pacto dependía de una condición que hoy está cambiando: que esas tareas existieran y que fuera necesario que las hiciera una persona.
La IA hoy hace exactamente eso: arma la planilla, resume el documento, busca la información, escribe el primer borrador. Y lo hace más rápido y mejor.
Entonces el empleador deja de tener el mismo motivo económico para contratar a alguien sin experiencia. No necesariamente porque haya dejado de querer formar gente, sino porque el intercambio que sostenía esa decisión dejó de cerrar como antes. Y cuando un pacto deja de funcionar para una de las dos partes, el pacto se rompe.
Aprender afuera, entrar con experiencia.
Si el primer empleo deja de ser el principal lugar donde se aprende, el aprendizaje tiene que empezar antes y, en buena medida, por cuenta propia.
Y ahí aparece la otra cara de la misma transformación: la herramienta que le sacó al junior muchas de sus tareas también le da la posibilidad de formarse y de llegar mucho más lejos por sí mismo.
Eso cambia también lo qué hay que mostrar en una búsqueda laboral.
Ya no alcanza con un título o una buena actitud para aprender. Hay que llegar con algo hecho. Con un problema resuelto. Con un flujo de trabajo construido. Con la capacidad de demostrar que uno puede agregar valor desde el primer día.
¿Una persona de 22 años que llega sabiendo automatizar de punta a punta un flujo de trabajo es junior? No, definitivamente no.
Tampoco lo es quien ya construyó y dejó funcionando un agente propio que resuelve un problema real de una empresa. Ni quien, sin haber tenido nunca un cargo formal, ya lideró de punta a punta un proyecto apoyándose en estas herramientas.
El que hace ese trabajo previo no entra a competir por un puesto de junior. Entra a competir, directamente, por un puesto que antes hubiera requerido varios años de experiencia. ¿Podrá competir incluso por un puesto senior? No me sobrepondría que sí. ¿Tendremos que empezar a sacar la edad de los cvs? Quizás sí o quizás sea necesaria una nueva categoría en el mundo del trabajo para ponerle nombre a las personas que pueden agregar mucho valor al trabajo, pero que todavía no tienen desarrolladas las habilidades de liderazgo.
La revancha.
Que desaparezca el junior de siempre no significa que desaparezca la primera oportunidad. Significa que la primera oportunidad empieza a construirse antes de conseguir el primer empleo. Y ahí está la revancha.
La misma tecnología que vuelve menos necesario al junior tradicional también hace que sea mucho más fácil para una persona joven construir experiencia por su cuenta. Probar, equivocarse, aprender, automatizar, crear productos, resolver problemas reales y llegar a una entrevista con algo más poderoso que un currículum: evidencia de lo que es capaz de hacer.
Eso cambia por completo la posición desde la que se empieza una carrera.
El que haga ese camino no llega a la entrevista como alguien que recién empieza. Llega con la cultura de builder incorporada: la capacidad de tomar un problema, aprender lo que haga falta y construir una solución. La misma actitud que hoy distingue al mejor talento dentro de muchas organizaciones.
Y quizás esa sea la verdadera revancha de los juniors: no tener que esperar a que una empresa les dé la primera oportunidad para empezar a construir la experiencia que esa empresa les va a pedir.
Nunca fue tan fácil emprender como ahora. Pero emprender también implica invertir tiempo, asumir riesgos y tener una situación personal que permita hacerlo. No todos pueden —ni todos quieren— tomar ese camino. La alternativa, sin embargo, no es quedarse esperando. Se puede adoptar esa misma actitud emprendedora para aprender. Para construir un proyecto propio aunque nunca se convierta en una empresa. Para automatizar un proceso. Para resolver un problema real. Para hacer algo que pueda mostrarse. Para llegar al primer trabajo no con la experiencia que necesariamente da haber trabajado, sino con la evidencia de haber hecho.
Y esa actitud no solo puede cambiar la forma en que alguien consigue su primer empleo. También puede cambiar la forma en que trabaja una vez que lo consigue. Si mantiene su cultura builder como forma de trabajo pasará a formar parte del grupo de talento más estratégico de la organización.
Tal vez el futuro del trabajo no termine con la primera oportunidad. Tal vez termine con la idea de que, para tenerla, primero hay que esperar a que alguien nos la dé.
