Prohibir el celular no alcanza.
Dos estudiantes, una misma herramienta y una diferencia enorme en el aprendizaje. La tecnología no define el resultado; el modo de usarla, sí.
Melina Masnatta
5 min leer


Imaginá dos alumnos de quince años. Misma aula, mismo horario, mismo ejercicio de ciencias. Los dos sacan el celular. Los dos abren la misma aplicación. Hasta ahí todo igual.
Uno tipea: "Resumí este texto sobre ecosistemas". La aplicación devuelve cuatro párrafos prolijos. El alumno los copia, cierra la pantalla. Tarea cumplida en tres minutos.
El otro escribe algo diferente: "Leí sobre ecosistemas y no entiendo por qué la extinción de una especie afecta a todas las demás. ¿Me ayudás a pensarlo?" Lo que sigue es una conversación. El estudiante pregunta, refuta, pide ejemplos, cambia de opinión. Tarda el doble. Quizás el triple.
En términos de evaluación internacional, la diferencia entre los dos alumnos no es trivial: quince puntos por debajo en ciencias para el que resumió, cinco puntos por encima para el que usó la IA para entender. Veinte puntos en total. Lo que equivale a un año entero de escolaridad, producido no por el acceso a la tecnología, los dos tienen el mismo celular, sino por el tipo de pregunta que cada uno decidió hacerle.
Llevamos más de dos años leyendo titulares en medios que discuten si hay que prohibir la pantalla en clase, pero la pregunta necesaria miraba hacia otro lado.
Cuando llegan los resultados de PISA, la conversación suele seguir el mismo guión. Los medios publican el ranking, los gobiernos se asustan, los docentes son culpados y algún funcionario anuncia medidas urgentes. El desplome generalizado en ciencias, matemáticas y comprensión lectora volvió a activar ese reflejo. ¿La culpa es de las pantallas? ¿De la IA que hace las tareas? ¿De los docentes que no se actualizaron?
Conviene hacer un alto y analizar. El declive en PISA no arranca con la pandemia. Arranca en 2015. Cuando empieza a pasar por las aulas una generación que creció en plena crisis económica global, con familias que viven más inestabilidad, y repercute en el tiempo adulto de calidad alrededor de infancias y juventudes.
Hay otro dato que refleja este escenario: los que más cayeron en esta edición son los estudiantes de familias favorecidas. La brecha socioeconómica no se cerró porque los de abajo mejoraron, se "acortó" porque los de arriba cayeron más. Y el resultado más contraintuitivo del informe apunta en la misma dirección: el alumno que más pierde al delegar la lectura a la IA no es el que creció sin libros en casa, es el que los tiene.
Tiene sentido si se piensa despacio. Solo puede dejar de leer quien iba a leer. La pantalla, en este caso, no compensó una desventaja sino que, podemos inferir, desplazó un hábito que ya existía.
Frente a todo esto, la respuesta más repetida en los últimos meses fue prohibir el celular. Hay países que ya lo hicieron. Hay escuelas que volvieron al cuaderno y al lápiz como declaración de principios. Y aunque hay evidencia de que la sola presencia del teléfono sobre el banco (aunque esté en silencio) reduce la capacidad cognitiva disponible para aprender, prohibir sin alternativa pedagógica es una victoria corta, porque cierra el síntoma, pero no toca la causa.
Lo que muestra PISA con claridad es que la herramienta tecnológica, en sí misma, no explica nada. Lo que explica todo es la pregunta que el alumno le hace cuando la abre. Y esa pregunta no se forma sola, no aparece por instinto, no surge de una app, se enseña y ejercita.
Acá entra algo que las políticas de regulación suelen pasar por alto: el rol del aula como entorno.
Pensemos en qué hace único al espacio escolar. El aula (en su estado ideal) es el único lugar en la vida de una persona joven donde equivocarse no tiene consecuencias irreversibles. Donde se puede proponer una hipótesis equivocada sin que eso afecte el trabajo, la relación o la reputación. Donde alguien te devuelve la pregunta justo cuando esperabas la respuesta.
El aprendizaje real ocurre ahí: en la incomodidad de no saber todavía, en el esfuerzo de sostener una pregunta sin resolverla de inmediato, en la negociación con otros que piensan diferente. Una IA que resume textos no entrena ninguna de esas capacidades. Pero una IA que acompaña ese proceso, como interlocutora, como fuente que se puede contradecir, puede potenciarlas.
Los relevamientos de la región dan cuenta de que los referentes educativos utilizan la IA para sus tareas tanto de planificación como personales; por lo tanto, el problema no es la adopción. Es la ausencia de criterio unificado para decidir cuándo, para qué y con qué pregunta abrir la herramienta con los estudiantes lo que fomenta un estado de tensión y soledad en quienes enseñan.
La IA en educación no es un tema que se resuelva eligiendo entre prohibición y adopción masiva. Es un tema de diseño pedagógico. De qué tipo de preguntas se ejercitan en el aula, de si el docente puede acompañar en el proceso, no sólo para evaluar el resultado.
En otras palabras, PISA visibiliza (más allá del desplome en los rankings) que la herramienta amplifica lo que el alumno trae. Si trae el hábito de delegar, la IA lo hace más eficiente en eso. Si trae el hábito de preguntar, de contrastar, de sostenerse en la incomodidad de no entender todavía, la IA lo potencia en eso.
Y ese hábito no se forma en la pantalla. Se forma en el aula y se acompaña en los otros espacios de socialización, como es la familia. Hace más de cincuenta años, Basil Bernstein escribió algo que hoy resulta actual: "Education cannot compensate for society" (“La educación no puede compensar a la sociedad”). La escuela no puede compensar sola lo que pasa afuera de sus paredes. Pero puede hacer algo que ningún algoritmo puede: enseñar a preguntar bien, entrenar el criterio, ser el entorno donde una persona aprende a tomar decisiones, a equivocarse con red, a cambiar de opinión con argumento. Y, sin dudas, son habilidades necesarias para el mundo laboral, sea cual sea.
Eso no aparece en ningún ranking. Pero es exactamente lo que distingue al estudiante que va cinco puntos arriba del que va quince abajo. Y los dos tienen el mismo celular. Pero esta reflexión no puede quedar aquí, porque el aprendizaje es social y quienes se están formando aprenden también de lo que hacemos los adultos alrededor, fuera y dentro de una escuela. Por lo tanto, ¿la IA te responde o ayuda a pensar y a preguntarte mejor? Aquí empieza a jugarse la responsabilidad, más allá de los diseños algorítmicos, de los usos que le damos, de los usos que delegamos y de lo que no nos animamos a aprender quienes "influimos", directa o indirectamente, en los resultados PISA.
