No te preocupes, solo son conspiraciones.
Las teorías conspirativas parecen hablar de la verdad. En realidad, hablan mucho más del poder.
Matías Nuñez
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Hay algunas palabras que transitan cambios semánticos irónicos: conceptos que se vuelven sobre sí mismos con el objetivo de servir mejor a la conversación pública. Los hay incluso que toman un nuevo significado sin abandonar el original, aun cuando estos estén fuertemente enemistados. Un pecado lingüístico que quizás moleste a los que, en honor a la eficacia, sólo creen en relaciones biyectivas en el habla. Me refiero al concepto de conspiración. Estrictamente, el término no sufre de autoantonimia, sino que sus sentidos entran en conflicto dependiendo de los contextos en los que va apareciendo.
Su significado históricamente respondía a una conjura de dos o más personas de carácter secreto, usualmente para trastocar los cimientos del poder de turno. Los choques entre sectores estratificados de una sociedad y el (a veces noble) fin de terminar con el status quo fueron el comienzo de esas reuniones secretas, de la planificación, de la organización y de la praxis. Estas supieron ser la condensación más eficaz de una voluntad. Planes que, escurriéndose por detrás de los sistemas, podrían dejarnos en donde quisiéramos en tiempo récord.
Encontramos miles de ejemplos de conspiraciones en los libros de historia: desde los Liberatores planeando el asesinato de Julio César dentro del Senado, hasta el plan Valkiria orquestado para asesinar a Adolf Hitler y negociar el fin de la Segunda Guerra Mundial, pasando por grupos nacionalistas sectarios como los Carbonarios de Nápoles durante las ocupaciones napoleónicas. Sin embargo, uno de los grupos conspiradores más conocidos por los adolescentes en los colegios de nuestro país residió aquí mismo, en Buenos Aires. Conocida como la Logia Lautaro, fue una sociedad independentista que desde 1812 encaminó el nacimiento de una patria haciéndose del poder político y militar hasta su disolución en 1820. Millones de arcos narrativos, heroicos para unos y terribles para otros, que empapan la historia de la convivencia política.
Estas historias que mencioné tienen una cosa en común, son intemperancias que tienen un trayecto ascendente. Son intentos de derrocar un poder que se encuentra por encima de la suma de poderes separados de los individuos que en ellas participan. Por esta razón, así como tenemos ejemplos de conspiraciones a lo largo de la historia, tenemos ejemplos de regímenes absolutistas prohibiendo y castigando a las masas ante el más mínimo indicio de actividad insurgente y secreta. Prohibiendo reuniones, censurando ideas, imponiendo el terror.
Pero seguramente, al empezar a leer esto, eran otras las imágenes que aparecían en tu cabeza al escuchar la palabra conspiración: «Las vacunas tienen mercurio y causan autismo», «El alunizaje fue una mentira de Kubrick», «Bush planeó el atentado de las Torres Gemelas para justificar intervenciones militares», «El cambio climático es falso y el protector solar da cáncer». Podrían haber sido algunos ejemplos. La verdad es que uno podría afiliarse a una conspiración distinta todos los días del resto de su vida y nunca se quedaría sin opciones. Y todas hablan de una mentira perpetrada en secreto por los altos mandos, por los científicos, por los judíos o por los reptilianos para someter a la sociedad.
El grupo secreto se mantiene, pero lo que históricamente podía significar emancipación, actualmente refiere al control.
La conspiración está perdiendo casi en su totalidad la arista semántica que la convierte en una herramienta de progreso. No utilizo la palabra progreso adhiriendo a un sentimiento positivista, sino solamente como el mero avance de la historia a cuestas del accionar de los hombres. Tampoco quiero retratar la idea de que esta visión opresora es algo exclusivo de esta época. Ya en el siglo XVI, Maquiavelo escribía sobre las conjuras en el tercer libro de sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, un escrito extenso en donde distinguía entre conjuraciones contra el príncipe o contra la república; pero estarán conmigo en que este último modo parece estar tomando todo el espacio mental de la actualidad. Tanto es así que palabras como conspiranoico (unión de la palabra conspiración y paranoico) se empezaron a usar para estigmatizar a cualquiera que tuviera la habilidad hipnótica de ver conspiraciones en todos lados a su alrededor. Para quien, mirando las nubes, viera estelas químicas. Aquel que, mirando el agua que sale de la canilla, viera flúor. Aquel que, al mirar pájaros en su ventana, viera cámaras.
Podríamos creer que se trata de una degradación del término y, por extensión, de sus hablantes. Pasamos de conspirar para mantener el poder a raya a conspiraciones que nos ocultan la real forma de la Tierra. Pero esto sería un error. Donatella Di Cesare escribiría en su libro El complot en el poder en relación con este aumento en el número de personalidades conspiranoicas: «El complotismo no es un espasmo mental ni un argumento falaz, sino un problema político. Concierne menos a la verdad que al poder». ¿Cómo que los hechos no importan? No es que no importen. No dedicaría mi tiempo libre a crear contenido sobre los hechos que descubre la ciencia si fuera esta la situación. Di Cesare está diciendo que solo importan en la medida en que los lazos rotos entre la gente y la política no devuelvan el agua dentro de la barca. Los hechos per se no son y nunca fueron el centro de la disputa, sino más bien la válvula más frágil ante la presión del descontento.
No voy a entretener la pregunta de cómo llegamos a este nivel de desconfianza con la política. Cualquiera que salga a la calle y vea su vida desenvolverse sobre la tumba de sistemas fallidos e injusticias puede responder esa pregunta. «Lo más terrible se aprende enseguida», enunciaría un cantautor cubano. La pregunta que me parece más compleja es la que enuncia quien se encuentra por primera vez con la crudeza de la realidad o quien ya tuvo suficiente de ella. En un mundo donde todos los días aparece una conspiración nueva, en donde la confianza en las instituciones cae, en donde la comunicación y el poder de coordinación son enormes: ¿por qué nadie hace nada? Tomemos como ejemplo una comparación que hizo Thomas Piketty, economista referente en temas de desigualdad económica, en 2021 hablando con Marc Basset para el diario El País: «Estamos en una situación que no es tan distinta de la que llevó a la Revolución francesa». ¿Cómo puede ser que los sistemas no tiemblen? ¿Por qué la montaña de estructuras gubernamentales y financieras parece más inamovible que nunca?
Si uno cree en la inevitabilidad del paso del tiempo, quizás sea cuestión de paciencia. No lo sé; no lo podemos saber. En física llamamos a esto sistemas caóticos: problemas en donde un cambio mínimo en las condiciones iniciales puede dar un resultado astronómicamente distinto. Reformulo: no voy a pretender estar completamente seguro de por qué, al menos hasta hoy, nada ocurre, principalmente porque no creo que haya una única razón. Una de las primeras diferencias que se me ocurren entre hoy y la época del absolutismo monárquico es la vasta cantidad de derechos civiles que supimos conseguir. Eso claramente aplaca las ganas de despertarse con una revolución. Pero, incluso de forma lúdica, me gustaría acompañar esta hipótesis con otra explicación digna de esta época. Una con un enfoque conspiranoico, si me lo permiten. Una meta-conspiración un poco simplista que después intentaremos desarmar. A fin de cuentas, intentar falsar tu hipótesis es cómo uno hace ciencia en el siglo XXI.
Como dijimos, una conspiración es un dispositivo peligroso si nace apuntando hacia el poder. Pero se me ocurre imaginar a esa cúpula que controla el mundo dándose cuenta de que la conspiración no tiene por qué ir al poder real, sino a cualquier cosa que satisfaga ese rol. Nace en la cabeza de los poderosos la idea de manufacturar conspiraciones y esparcirlas entre la población. Un intento más de modelar un enemigo a la conveniencia del momento y crucificarlo en un intento de expiar los males; azuzar el fuego de la «violencia horizontal», término que habría acuñado Paulo Freire en su libro Pedagogía del oprimido. Puede parecer una idea antigua, y lo es, pero el refinamiento que se le da hoy en día es algo escalofriantemente nuevo. El enemigo no solo es la personificación del mal y causante de plagas, sino que está hecho a medida de cada uno de los feligreses del odio. Nunca en la historia de la humanidad tuvimos la infraestructura y el manejo de datos para poder manufacturar con tanta precisión el odio en las personas. Los medios de propaganda clásicos funcionaban, pero eran toscos, generaban el odio a trazo grueso. En la actualidad, armando un hombre de paja perfecto y uno distinto al del vecino, no solo se logra el odio, sino la psicosis generalizada. Odio manufacturado y preciso. Pero el genio maligno fue un paso más allá. Ellos sabían que el mundo que permitió la hipersegmentación también permitía la hipercomunicación, por lo que no tardaría en desvelar la mentira. Los hombres libres del mundo hablarían los unos con los otros, compartirían sus evidencias e información sobre sus comunidades. En un juego de teléfono descompuesto solo basta soltar la regla arbitraria que limita la comunicación para que todos estén en la misma página. Se conocerían, hablarían hasta entender que estaban peleando con una sombra. Habría fracasado el plan. Es en este momento donde la élite acierta el segundo golpe brillante. Llenan las líneas de comunicación con tanto ruido que nadie distingue qué están diciendo. Todo con un único objetivo, sembrar la confusión. Ya nadie sabe qué es real y qué no lo es. Gracias a los algoritmos, la verdad puede tener la cara que vos quieras. Una gran mayoría, ante el desconcierto y la sobreestimulación, dejaría la discusión política de lado. Una minoría radicalizada hablaría por todos ¡Qué truco fantástico! Se crearon los grupos, cada uno escuchó lo que quiso, el ruido deliberado entre ellos imposibilitó la conexión y la falta de información aseveró el miedo. Ciegos, sordos y tartamudos, los grupos apuntaron y dispararon sus armas a sus respectivos enemigos. Todo se volvió una guerra. Pero a diferencia de la guerra, aquí todo sigue igual. «Quizás haya que tirar con más fuerza», piensan los combatientes. Una risa victoriosa y un champán se escuchan por fuera de los confines bélicos.
Una historia ficticia, nada más. Recordemos que estamos usando una retórica conspirativa. ¿Significa que esto que acabo de narrar no está ocurriendo o no es verdad? Nunca dije eso. Hay nódulos de verdad unidos con supuestos incomprobables y mentiras flagrantes.
Sin ir más lejos, un estudio publicado en Nature estima que entre un 20 a un 43 por ciento de la conversación en X ya está cooptada por bots automatizados. Alcanzando picos en los momentos en donde la discusión política se vuelve candente. Vemos presupuestos enteros desviados a la comunicación oficial apoyando y defenestrando políticos. Campañas de desinformación a nivel global. Giuliano da Empoli tiene un libro entero hablando de estos «ingenieros del caos». Entendemos cómo la emoción más efectiva para asegurar que las personas no salgan de una red social (exactamente lo que el modelo de negocio necesita) es el odio, la indignación. Conocemos desde hace 60 años (406 años si tomamos en cuenta los Idola specus de Francis Bacon) los sesgos de confirmación en los que tus redes neuronales y las digitales se hacen una sola. Sabemos que hay pocos tecno magnates de Silicon Valley que son dueños del mundo digital y no le hacen asco a codearse con la farándula política.
Pero, por el otro lado, no hay logística ni control de recursos que permita una única cúpula global y secreta que controle la totalidad del planeta. Ni los servicios de inteligencia de los países más ricos del mundo, ni las personas mas poderosas pueden evitar que se les escape un secreto de vez en cuando. Recordemos que algunas pocas historias que comenzaron como conspiraciones resultaron ser pequeñas ventanas a la realidad. Más bien hay distintos focos de poder, a veces enfrentados por tomar las riendas de la discusión. Si sus planes no son perfectos ni infalibles, no pueden ser invisibles; por ende, han tenido que rendir cuentas a los sistemas de los que han querido escapar. Para armar la historia también asumimos que la masa total de la humanidad son robots sin pensamiento crítico que consumen y reproducen sin filtro. También sabemos que hay aspectos que se desenvolvieron así por mera causalidad natural en lugar de ser un plan orquestado. Que el odio fuera la emoción que asegura el magnetismo a las redes sociales nunca fue planeado: simplemente fue.
La historia sirve como testimonio de todas las similitudes y disidencias que tienen las teorías conspirativas con el mundo real, y es mi humilde forma de entender por qué puede parecer que por momentos nada sucede. O, por lo menos, un primer indicio, un mapa en baja resolución de qué hacer para que las cosas empiecen a cambiar para bien. Siempre hay un poder opresor, una monarquía, una raza que se cree superior, un país imperialista. Que el parcial desgaste del término conspiración no nos eclipse la existencia de estas instituciones. No compremos el bagaje normativo que acarrea el término conspiración, error en el que yo mismo he incurrido. Recordar que la razón de la conspiración nunca dejó de ser política, y en menor medida fáctica. No nos olvidemos de que formar una opinión es un juego de cartas en donde podemos intercambiar las que no nos sirvan o no nos convenzan, y no es comprar una etiqueta eterna. Y, sobre todo, no olvidarse de que mirar al de al lado como si fuera menos hace que te olvides de que los dos son más que el que está arriba.
