Los hombres también sufrimos.
Amigo querido, vecino, hermano, papá, desconocido; ojalá puedas leer esta carta.
Nicolás Ferrero
9 min leer


Qué bueno hubiese sido que alguien nos explicara lo que venía junto con los pelos en el pecho. No la barba, ni la voz más grave. La otra parte: la de aprender a bancársela siempre, la de tragarse algunas cosas, la de parecer fuerte cuando no nos sentíamos así.
La carga de portar esa armadura, cada vez más pesada. De ser —o mostrarse— infranqueable.
¿Cuándo fue la última vez que realmente contaste cómo estabas?
Tal vez hoy hablaste con diez, veinte personas (poco más poco menos), contestaste mensajes, fuiste al trabajo, comentaste el partido de ayer, te cruzaste con vecinos, compañeros, te tomaste una birra con los pibes. Y aun así quizás nadie te haya preguntado cómo estabas de verdad. Y si lo hicieron, dijiste "bien", y seguiste. Como siempre.
No te culpo, mucho menos te juzgo.
Es más, te entiendo. Así aprendimos, o así nos enseñaron. A veces por la fuerza.
A mí me hubiese gustado que una persona muy cercana a mí me contara realmente cómo estaba. Hoy, por más que quisiera, ya no tengo esa posibilidad.
Amigo, hoy se espera mucho de nosotros. Y está bien que así sea.
Se espera que seamos presentes, que cuidemos, que hablemos de lo que nos pasa, que construyamos vínculos más profundos. Que no carguemos solos. Que pidamos ayuda cuando la necesitamos. Que estemos.
El problema es que nadie nos explicó cómo. Y ese "nadie" no es una queja, sino un diagnóstico, algo que para nosotros es tan real como los ojos con los que estás leyendo esta carta.
Durante años —algunos siglos, en realidad— fuimos entrenados para otra cosa. Para aguantar, para no mostrar, para resolver solos. Bell hooks lo dice sin vueltas: el patriarcado exige a los niños varones una mutilación emocional temprana, para volverlos funcionales a un sistema que confunde dureza con fortaleza. No es una metáfora. Es un proceso real que nos deja marcas reales. Campero también nos plantea la idea de una piel-coraza. La piel debería ser el órgano de la sensibilidad, el tacto, el afecto físico. ¿Pero qué nos pasa a los hombres con la piel? ¿Cómo la sentimos? ¿La pensamos? ¿La cuidamos? Quizás la percibimos como esa armadura que dijimos al principio.
Entonces hoy sentimos que nos piden que levantemos cien kilos. Y el objetivo está bien. Pero pedirle a alguien que levante cien kilos el primer día que entra al gimnasio no es ambición: está cantado que, como mínimo, va a terminar en una lesión.
El músculo emocional, el músculo vincular, el músculo de pedir ayuda. Ese músculo también se entrena. Y se entrena con tiempo, con práctica, con otros. No de un día para el otro. Y no solo.
En Argentina, la tasa de suicidios viene subiendo de manera sostenida: entre los jóvenes de 10 a 24 años pasó de 5,7 a 7,8 muertes cada 100 mil habitantes entre 2000 y 2021. En 2025, la cifra alcanzó su mayor valor histórico: los suicidios aumentaron un 22,6% en solo un año, y pasaron a ser la principal causa de muerte violenta en Argentina, superando tanto a los homicidios como a los accidentes de tránsito. Desde 2022, el suicidio es la primera causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 24 años. Y en 2024 también ocupó ese lugar entre quienes tienen entre 25 y 34, desplazando a los accidentes viales que históricamente encabezaban esa estadística. La carga se concentra especialmente entre los varones y en edades jóvenes: 4 de cada 5 personas que mueren por suicidio son varones, y los grupos de 20 a 24 y de 25 a 29 años concentran las tasas más altas y con mayor letalidad. Las mujeres encabezan ampliamente los intentos; eso es cierto (61% del total, 13.484 casos en 2025). Son patrones distintos, que importan y pesan de la misma forma. Somos personas, seres humanos con múltiples pesos e historias encima.
Hay que leer esos números despacio y con mucha calma.
Porque son la señal más urgente de que hay algo que aparentemente no estamos sabiendo hacer como sociedad, como comunidad, como amigos, como familias.
Y acá está lo que más me importa decir: esto no es solo un problema de los varones. Detrás de cada uno de esos números hay personas que quedan. Una madre o un padre que se pregunta en qué momento se perdió la señal. Un hijo que crece con una pregunta que no tiene respuesta. Amigos que siguen de largo pensando que algo podrían haber dicho. El suicidio masculino no es un problema de los varones, es una herida que atraviesa a todas las personas que los rodeaban. Y lo que alcanzamos a prevenir ahí no es solo una muerte, sino también el dolor de quienes se quedan, que muchas veces tampoco saben cómo pedirlo.
No digo que la masculinidad sea la causa de todo esto. Sería simplificar problemas que tienen dimensiones económicas, sociales, culturales enormemente complejas. Pero sí hay algo que algunas de estas trayectorias comparten. Alguien que aprendió que tiene que poder solo con todo. Que pedir ayuda es señal de debilidad. Que mostrar miedo incomoda. Que el malestar puede esperar, a veces hasta el final, a veces sin que nadie se diera cuenta.
El médico e investigador Benno de Keijzer tiene una idea que me parece útil: la del varón como factor de riesgo. No para culpabilizarnos, sino para ver cómo determinados mandatos pueden operar simultáneamente contra las mujeres, contra otros hombres (y personas en general, independientemente de su identidad de género), y también contra nosotros mismos. Así, los tres a la vez. La misma armadura que “protege” hacia afuera también daña adentro.
Y todo esto pasa en un contexto que no ayuda.
Porque construir un proyecto de futuro hoy —un trabajo estable, una familia, un lugar donde vivir, un horizonte— es más difícil que nunca para buena parte de nuestra generación. La precarización laboral, la incertidumbre económica, el acceso imposible a una vivienda propia, la sensación de que el piso se mueve permanentemente debajo de los pies. Todo eso hace de fondo, siempre.
Y para muchos varones, esa precariedad tiene un nombre específico: dejar de poder cumplir el rol para el que te entrenaron. Cuando colapsa el mandato de ser proveedor —de ser el que sostiene, el que llega, el que puede—, no colapsa solo la economía. Colapsa la identidad. Esa que se construyó durante años alrededor de poder dar, de poder con todo, de no necesitar nada de nadie.
Un despido. Una deuda. La imposibilidad de llegar a fin de mes. Una relación que se rompe cuando no te podés sostener a vos mismo. Eso no es solamente una crisis material, es también una crisis de quién se supone que tenés que ser. Y ese quiebre, cuando no hay nadie con quien hablarlo, cuando no hay un espacio donde depositarlo, se cocina solo adentro. Y lo que se cocina solo, sin salida, a veces explota hacia afuera. Y a veces explota hacia adentro.
Por eso la prevención no puede esperar a que aparezca la crisis. Tiene que empezar mucho antes; en las conversaciones cotidianas, en los espacios donde alguien pueda decir "no estoy pudiendo" sin que eso lo deje afuera del grupo, sin que eso lo haga menos.
Las crisis rara vez aparecen de un día para el otro. Y cuando alguien aprendió durante años a responder que está "bien", muchas señales pasan desapercibidas para él y para todos los y las que lo rodean.
Y hay otro lugar donde esto se vuelve urgente entre los pibes más jóvenes.
Cuando un adolescente o un pibe no encuentra escucha, pertenencia o reconocimiento en su entorno, empieza a buscarlo en otro lado. Las redes pueden acercarnos. Pero también pueden ser el lugar donde la soledad y la frustración encuentran respuestas fáciles que transforman el malestar en resentimiento. Ahí es donde aparecen fenómenos como la “manósfera” o la “machósfera”, los espacios red pill e incel y todo lo que circula alrededor de estos nuevos conceptos. Y más allá del rechazo que generan, deberíamos preguntarnos mejor: ¿por qué algunos de esos espacios resultan atractivos?
Porque atrás hay preguntas profundamente humanas. ¿Dónde pertenezco? ¿Con quién puedo hablar? ¿Cómo se supone que tengo que ser hombre hoy?
Si esos espacios ofrecen respuestas sobre cómo ser mejor y valer más —aunque sean respuestas que reproducen violencia y aislamiento—, el desafío no es solo combatir el discurso. Es construir la alternativa. Más espacios donde los pibes puedan encontrarse, hablar, equivocarse, pedir ayuda, construir vínculos sin tener que demostrar permanentemente que son fuertes, o que valen por la plata, sus músculos o las mujeres con las que salieron ayer.
Porque si esos espacios quedan vacíos, alguien más los va a ocupar.
Entonces llegamos a algo que no es solamente personal. Es también comunitario. Es también político.
Niobe Way, investigadora estadounidense que pasó años entrevistando adolescentes varones, encontró algo que contradice el estereotipo: los chicos tienen amistades profundas, íntimas, sostenedoras. Las pierden al entrar en la adultez, no porque no las quisiéramos, sino porque el mandato de "hacerse hombre" nos exige —no explícita ni conscientemente— distanciarnos afectivamente de nuestros pares. ¿Alguna vez pensaste cómo nos cuesta o nos costó darle un beso en el cachete a un amigo, o a abrazarlo sostenidamente sin darle golpes en la espalda? Bueno, viene por ahí la mano. O quizás a vos no te pasa, pero preguntale —si tenés la posibilidad— a tu viejo, o a tu tío, abuelo. La capacidad de vínculo no desaparece, sino que se va clausurando. Y lo que se clausuró puede reabrirse. Pero no solo.
Por eso los espacios de encuentro importan tanto. No como terapia de grupo ni como actividad de bienestar. Importan porque son el lugar donde el músculo se ejercita sin que nadie quede lesionado en el intento. Donde otro varón que llegó cargando lo mismo que vos puede decir "a mí también me pasa", y ese "también" vale más que cualquier argumento.
Robert Putnam lo documentó con datos. Los vínculos que nos sostienen en una crisis no se construyen durante la crisis. Se construyen antes, en los encuentros sostenidos, en la confianza acumulada, en el espacio donde alguien sabe tu nombre y te espera.
Lo que necesitamos no es solamente que nos digan lo que tenemos que ser. Necesitamos espacios donde poder practicarlo. Donde equivocarse no sea vergonzoso. Donde la vulnerabilidad no tenga costo de estatus o reputación. Donde pueda empezar a dibujarse ese horizonte que todavía estamos tratando de ver juntos.
La prevención también es comunidad.
Es tener un lugar adonde ir antes de que la cosa se ponga grave. Es el espacio donde te conocen, donde podés aparecer y que alguien note que andás raro sin que tengas que explicarlo. Es no tener que armar de cero quién sos cada vez que algo se complica. Es pertenecer a algo antes de necesitarlo desesperadamente.
Eso no se improvisa. La red que te sostiene en una crisis no aparece de la nada cuando la crisis llega, ya que se teje antes, en encuentros que a veces parecen no ir a ningún lado y sin embargo van a todos lados. En la confianza que se acumula de a poco. En el espacio donde alguien sabe tu nombre y te espera aunque estés bien.
Los sistemas de salud pueden detectar. Las políticas públicas deben también contener. Pero hay algo que solo puede hacer la comunidad: estar antes de que alguien lo necesite. Ser el lugar donde todavía no es una emergencia. Donde todavía hay tiempo. Fortalecer la comunidad es política de salud mental.
Quizás trabajar con varones sea una manera de volver a aprender algo que nunca deberíamos haber olvidado:
Que nadie puede con todo solo. Que nadie se salva solo.
Que cuidar también es una forma de fortaleza. Que pedir ayuda no nos hace menos hombres. Que hablar antes de que la situación se vuelva crítica también es prevención. Y que acompañar después de una crisis también es parte del cuidado.
Porque si queremos igualdad, no podemos esperar que se construya solamente en las leyes y las instituciones. También la construimos en nuestras conversaciones, nuestras amistades, los barrios, las organizaciones. En la posibilidad de que alguien pueda decir "no estoy bien" y encontrar a otra persona dispuesta a quedarse.
Y quizás una sociedad se mide, en última instancia, por una pregunta muy simple: ¿Quién está ahí cuando alguien deja de poder solo/a?
Para eso va el chivo.
Comunidad Beta es una iniciativa que trabaja con varones para fortalecer los vínculos, las redes de apoyo y las capacidades de cuidado, construyendo formas de ser hombre más saludables, comunidades más conectadas y sociedades más igualitarias.
Porque repensarnos no es una tarea individual. Es una tarea colectiva. Y también es una tarea democrática.
🎧 ¿Preferís escuchar? Esta nota también está disponible como podcast en Spotify acá.
Si necesitás ayuda
Si vos o alguien que conocés está atravesando una crisis emocional o tiene pensamientos suicidas, no hace falta enfrentarlo en soledad. Hablar y pedir ayuda es un primer paso.
Centro de Asistencia al Suicida (CAS)
135 · 0800-345-1435 · (011) 5275-1135
Todos los días, de 8:00 a 0:00.
Línea Nacional de Salud Mental
0800-999-0091
Gratuita y disponible las 24 horas.
