Las startups también nacen en laboratorios.
Argentina tiene startups biotecnológicas que levantan millones, patentan tecnologías y conquistan mercados internacionales. Pero hay una contradicción: el país está desfinanciando el sistema científico que lo hizo posible.
Gabriela Bortz y Lilia Stubrin
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En agosto, Forbes Argentina publicó una nota sobre ocho investigadoras formadas en el CONICET que convirtieron su ciencia en empresas, levantaron, en conjunto, más de US$ 40 millones en capital y comenzaron a vender sus tecnologías en distintos mercados del mundo. Del cáncer y la fertilidad a los microorganismos de la Puna o los erizos del mar patagónico, las historias retratan una figura que hasta hace poco resultaba infrecuente en la ciencia argentina: la científica devenida emprendedora.
No son casos aislados. Hace diez años, las startups eran una rareza dentro de la biotecnología argentina y, en algunos círculos académicos, hasta eran miradas con desconfianza. Hoy se convirtieron en uno de los actores más dinámicos del sector. Estas empresas jóvenes, innovadoras y orientadas a un crecimiento rápido y escalable desarrollan nuevas proteínas, microorganismos, semillas, ingredientes, terapias y tecnologías para producir alimentos de maneras que hace pocos años parecían ciencia ficción. Patentan desarrollos de frontera, logran obtener capital de riesgo y algunas incluso han llegado a cotizar en la bolsa estadounidense. Salen en los medios, protagonizan eventos científicos y alimentan la expectativa de una ciencia argentina capaz no solo de producir conocimiento de frontera, sino de transformarlo en innovaciones para el mercado global.
Los números ilustran la magnitud del fenómeno. El Primer Censo Argentino de Empresas de Bio y Nanotecnología identificó 340 empresas biotecnológicas, de las cuales más del 30 % eran startups con menos de siete años de vida. Entre 2020 y 2022, además, estas jóvenes compañías explicaron el 64 % de las solicitudes de patentes biotecnológicas realizadas por empresas argentinas en Estados Unidos.
Hay razones, entonces, para entusiasmarse. En un país que lleva décadas preguntándose cómo transformar capacidades científicas en capacidades productivas, algo nuevo está ocurriendo. Pero el fenómeno contiene una paradoja: buena parte de estas empresas son hijas de un sistema científico construido durante décadas con inversión pública, precisamente cuando ese sistema atraviesa un fuerte deterioro.
La pregunta inmediata es: ¿de dónde salió este fenómeno? ¿Y cómo llegamos hasta acá?
Nada nace de un repollo
La biotecnología no es una apuesta nueva para la Argentina. A comienzos de la década de 1980, casi al mismo tiempo que la industria biotecnológica moderna comenzaba a despegar internacionalmente, el país lanzó un Programa Nacional de Biotecnología y vio nacer a Biosidus, su primera empresa específicamente biotecnológica. Desde entonces, sucesivos gobiernos, organismos científicos, universidades y empresas contribuyeron a construir capacidades que sostuvieron la idea de la biotecnología como una “ventana de oportunidad” para el crecimiento y el desarrollo de nuestro país (Katz & Bercovich, 1990; Bisang et al, 2006; Stubrin, 2022). La apuesta tenía sentido: un país rico y competitivo en recursos naturales, con una sólida base científica, podía utilizar la biotecnología para innovar, agregar valor y responder a problemas productivos y sanitarios propios.
Así se fue conformando una actividad basada en ciencia que produjo desde semillas de mayor rendimiento y nuevos fermentos para la industria láctea hasta vacunas y otros productos para la salud. En un contexto de escaso capital de riesgo, niveles de inversión en I+D relativamente bajos en términos internacionales y fuertes barreras regulatorias y financieras, estas empresas se orientaron a desarrollar productos para el mercado local, para ciertos mercados internacionales de menor costo regulatorio —como ocurrió con los biosimilares— y para nichos poco atendidos por las grandes multinacionales, como las vacunas para la aftosa o los desarrollos para enfermedades endémicas como el hantavirus o el Chagas.
Desde mediados de la década de 2010, a esa trayectoria se incorporó una nueva forma de organizar la innovación en biotecnología: la startup. Nuevas empresas comenzaron a trabajar sobre ciencia de frontera con modelos de negocio intensivos en propiedad intelectual, financiamiento de capital emprendedor y una orientación temprana hacia mercados internacionales. Su expansión coincidió con una nueva ola de tecnologías —como la edición génica, la biología sintética y la bioinformática— que amplió las oportunidades de innovación. Estas también fueron aprovechadas por empresas establecidas y otros actores del sector. En ese escenario, las startups adquirieron creciente protagonismo como vehículos para transformar conocimiento científico en tecnologías y negocios, y gobiernos y organismos internacionales comenzaron a promover políticas específicas para su creación y crecimiento.
Al mismo tiempo, aparecieron cambios institucionales locales: nuevas aceleradoras científicas, fondos de capital emprendedor, programas de incubación y mentoría y políticas como la Ley 27.349 de Apoyo al Capital Emprendedor y la creación del Fondo Nacional de Capital Emprendedor (FONDCE) (Stubrin, 2022; Gonzalo et al., 2023; Gonzalo, 2026).
El resultado no fue solamente un aumento del número de empresas, sino la incorporación de nuevas formas empresariales y actores a un ecosistema biotecnológico crecientemente diverso y complejo, en el que conviven empresas de distintas generaciones, tamaños y modelos de negocio, junto con universidades, organismos científicos, aceleradoras, inversores y otras organizaciones.
El boom argentino, entonces, no apareció de la nada. Fue posible por la convergencia entre nuevas oportunidades tecnológicas, nuevas formas de organizar y financiar la innovación y, sobre todo, capacidades científicas, tecnológicas y empresariales que el país había acumulado durante décadas. Lejos de demostrar que el mercado podía reemplazar al sistema científico, el surgimiento de estas empresas muestra, en buena medida, lo que ese sistema fue capaz de producir.
La gallina de los huevos de oro
El apogeo de las startups basadas en ciencia ocurre, sin embargo, en un momento de fuerte contracción del sistema científico que contribuyó a hacerlo posible.
Esto obliga a mirar qué hay antes de una startup “deep tech” (es decir, una empresa basada en avances científicos y tecnológicos de frontera, con alta incertidumbre tecnológica): usualmente, diez, quince o veinte años de formación; universidades, becas doctorales y posdoctorales; investigadores, laboratorios y equipamiento; proyectos financiados cuando todavía no existía una aplicación comercial clara; y redes internacionales construidas durante años. Es conocimiento acumulado que ninguna empresa tendría incentivos —ni capacidad— para financiar desde cero.
Buena parte de las innovaciones que luego movilizan capital privado descansan sobre inversiones públicas realizadas en etapas de incertidumbre que el mercado difícilmente asumiría. En ese sentido, la multiplicación de startups científicas argentinas puede leerse también como uno de los resultados tardíos de décadas de inversión pública en ciencia y tecnología.
Este resultado emerge, sin embargo, en un momento de fuerte contracción del sistema que lo hizo posible. Según estimaciones del Grupo CIICTI, la ejecución de la Función Ciencia y Tecnología representa apenas el 0,15 % del PBI en 2026, el nivel más bajo desde 1972, y acumula una caída real cercana al 50% respecto de 2023. El retroceso atraviesa a los principales organismos del sistema: CONICET, INTA, CNEA e INTI, entre otros, podrían perder entre 37 y 65 puntos reales en apenas tres años. En los casos más extremos, como la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología y la Agencia I+D+i, la caída podría alcanzar entre 80 y 85 puntos reales respecto de 2023. El ajuste no afecta solo a los salarios y al funcionamiento cotidiano: la inversión en bienes de capital y las transferencias destinadas al sistema científico, a las universidades y al sector privado registran caídas todavía mayores. La magnitud del recorte trascendió rápidamente la discusión doméstica y tuvo repercusión internacional, incluso en publicaciones científicas como Nature y Science. El deterioro presupuestario se combina con pérdida de personal, caída salarial y mayores dificultades para sostener infraestructura, formar investigadores jóvenes y retener perfiles altamente calificados.
En las entrevistas con distintos actores del sector aparece, además, otra cara de esta paradoja. Frente a la caída del financiamiento científico, algunos investigadores empiezan a mirar la creación de una startup no solo como una forma de llevar sus desarrollos al mercado, sino también como una vía para conseguir recursos que les permitan seguir investigando. Esto abre otra pregunta: ¿qué pasa cuando, para financiar una investigación, se vuelve cada vez más importante que esta pueda transformarse en un negocio? El capital de riesgo puede financiar proyectos con potencial comercial, pero no reemplaza al financiamiento científico: invierte allí donde espera que una tecnología pueda crecer, llegar a un mercado y generar un retorno.
Muchas investigaciones científicas importantes —incluso algunas que luego dieron lugar a startups que hoy se exhiben como casos de éxito— no cumplen esas condiciones ni tienen por qué cumplirlas en sus etapas iniciales. Otras difícilmente lo hagan alguna vez: investigaciones fundamentales cuyos resultados son todavía inciertos, conocimientos de enorme relevancia para problemas locales pero con mercados pequeños, o buena parte de la investigación social, que nos permite comprender, interpretar y también cuestionar estas mismas transformaciones. Si el acceso a recursos empieza a depender cada vez más de la posibilidad de mostrar un potencial comercial, no solo cambia quién financia la investigación: cambia también qué conocimientos tienen mayores posibilidades de producirse. Y esto abre una pregunta más amplia: ¿qué tipos de conocimiento encuentran recursos y cuáles quedan afuera?
El efecto de todo esto no necesariamente se verá mañana. Las startups que hoy aparecen en rankings, levantan capital o patentan tecnologías se apoyan en capacidades construidas mucho antes. La pregunta es qué ocurrirá dentro de cinco o diez años si se debilitan los laboratorios, los equipos y las trayectorias de formación que producen la próxima generación de científicos, tecnologías y emprendedores. Probablemente, durante algún tiempo, seguiremos viendo los huevos de oro del boom actual, mientras se debilita la gallina que los hizo posibles.
Lo que el boom deja ver
El fenómeno de las startups biotecnológicas argentinas cuenta una historia bastante más interesante que la de una simple colección de científicos y científicas que “cambiaron de mindset” o que “aprendieron a emprender”. Su aparición muestra lo que puede surgir de décadas de inversión en universidades, formación de investigadores, laboratorios, infraestructura, proyectos de investigación, políticas públicas y aprendizaje institucional: capacidades que, bajo determinadas condiciones, pueden dar lugar a nuevas empresas que trabajan en la frontera tecnológica.
La aparición de estas empresas es una novedad importante. La forma startup ofrece un mecanismo para conectar conocimiento científico con capital emprendedor y mercados, movilizar recursos hacia tecnologías inciertas y explorar oportunidades productivas que antes no existían. Pero una startup no es un objetivo de desarrollo en sí mismo, sino uno de los posibles vehículos para transformar capacidades científicas y tecnológicas en innovaciones. Es una forma particular de organizar la innovación, basada en determinados supuestos sobre cómo transformar conocimiento en valor: crecimiento rápido, escalabilidad, propiedad intelectual, capital de riesgo y, con frecuencia, una orientación temprana hacia mercados globales.
Poner a las startups en perspectiva implica también reconocer que no todo conocimiento necesita convertirse en una startup, ni todo problema productivo o social encuentra en ese modelo su mejor forma de resolución. Empresas establecidas, PyMEs, laboratorios públicos, procesos de transferencia tecnológica, cooperativas y distintas formas de articulación público-privada también forman parte del repertorio mediante el cual una sociedad puede poner sus capacidades de conocimiento al servicio de objetivos productivos y sociales.
Por eso, quizás la pregunta relevante no sea solamente cuántas startups puede crear la Argentina. El desafío es más amplio: qué capacidades científicas y tecnológicas quiere construir y sostener el país, hacia qué problemas y oportunidades quiere orientarlas y mediante qué combinaciones de instituciones, políticas y organizaciones puede transformarlas en desarrollo. Las startups pueden ser parte de esa respuesta. Pero los éxitos de hoy no deberían hacernos perder de vista las condiciones que permitieron producirlos y que serán necesarias para producir los de mañana.
