Las chetas también migramos.

De la silla vacía a la voz propia: crónica de una extranjera en España.

Arantxa Ferrrari

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Me gustaría pensar que soy más que una silla vacía, una foto vieja que mi mamá se queda viendo por horas en su teléfono o el «te extraño» de una amiga. Llegué a España a los veintiún años con una valija llena de ilusiones, lista para darle forma a esa idea que mis pensamientos y palabras arrastraban desde pequeña. Soñaba con ser como esas chicas cuyos tacones retumbaban en las aceras de la Gran Manzana de camino a las grandes agencias, quienes creaban historias para firmas multinacionales importantes; solo que esta vez, la historia era mía y se escribía de este lado del Atlántico. Con el tiempo y la sabiduría me he puesto a pensar si aquel impulso rebelde no era algo más que mis ganas de querer escapar de mi burbuja de cristal.

No me malinterpreten: no odiaba mi vida. La comodidad de la burbuja es genial, siempre y cuando la mires desde el asiento de una embarcación frente a la bahía, tomando el sol mientras te sirven la picada y te llevan el bolso. Pero dentro mío sabía que había algo mucho más grande detrás de las vallas de seguridad de mi urbanización y la zona VIP de algún boliche.

La burbuja se va rompiendo con sucesos tan cotidianos como un trámite administrativo, con la búsqueda de un apartamento nuevo o hacer uso por primera vez de un sistema de transporte público. Pero también en algo tan puramente humano como enfermarte por primera vez lejos de casa o la búsqueda de nuevos amigos con quienes compartir tus días e incluso mirar cara a cara a la soledad. Es ahí cuando la experiencia migrante ya no es algo abstracto y se convierte en cuerpo, en un suceso que puede llegar a ser totalmente visceral. Me hallé lanzándome a la vida, aprendiendo un dialecto que no estaba en mi esquema mental, adaptando modismos para no explicar tres veces la misma frase. Empecé a entender la cabeza y corazón de una tierra que no era la mía, descubriendo desde dentro la lógica de sus días, sus silencios, el porqué de sus llantos y costumbres.

Aunque parezca algo incomprensible, hay una belleza en esa extranjería permanente o la vida de gitana como también la llama mi madre. Al distanciarte de lo conocido, la mirada se afila porque migrar no es sólo cambiar coordenadas en el mapa o una biografía en Instagram; es aprender a habitar dos realidades en paralelo: la vida en casa que sigue ocurriendo sin ti y la prisa de la ciudad que te acoge, donde al principio nadie conoce tu nombre ni el peso exacto de tus acentos y apellidos.

En principio, claro, nadie daba un euro porque resistiera más de tres meses fuera de mi palacio. Hubo quienes, al calor de los tardeos en altamar, murmuraban a mis espaldas que una mujer como yo —a la que asumían demasiado sensible, liviana y tal vez un tanto hueca para los golpes de la vida y la marea— jamás gritaría que hay tierra a la vista, que esos 4,2 millones de latinos en España tendrían una integrante menos al cabo de meses. Se les olvidó quizá muy pronto que las heridas de bala se hacen flores y que la dulzura aparente también esconde una determinación tan equiparable a la del toro más bravo que pise el ruedo. Hoy en día no guardo rencor, ¿para qué?, pero confieso que este texto tiene algo de justicia divina: una revancha silenciosa y un tanto poética que llevaba unos años persiguiendo, la respuesta a muchos de mis porqués, no para probarle nada a nadie sino para confirmármelo a mí. Es que la ecuanimidad y la escritura se transforman en el único territorio donde no necesitas pasaporte ni justificaciones para existir de manera plena.

De repente, esa furia rebelde de los veintiunos ya no es un intento de huida y mutó para ser mi territorio. Comprendí que no escapaba de nada, sino que iba al encuentro de la mujer que soñaba ser, cuyo paso firme hace que las calles de Madrid coreen su nombre. He construido mi propia voz mediante artículos de periódico, programas de radio y notas de prensa que secretamente llevan mi trazo. Porque ser mujer latina y migrante en España es asumir esa extranjería con orgullo y a base de mucho esfuerzo.

Después de cinco años viviendo en el exterior, todo se ha transformado: tengo amigos, me recibí de periodista, me cambié de ciudad, me dedico a las relaciones públicas y la comunicación de empresas, vivo en paz y sobre todo entendí que la silla vacía en la mesa de mi familia o la foto que mamá revisa en su pantalla ya no son sinónimo de una ausencia trágica, sino una presencia que aprendió a habitar dos lugares al mismo tiempo. Sigo estando allí, en cada llamada a deshoras y en cada «te extraño», pero también estoy aquí, con la certeza de que, aunque la vida continúe al otro lado del mapa, la historia que se escribe de este lado del Atlántico es enteramente mía. Y es así como la extranjería te enseña que la libertad también duele, pero es un dolor maravilloso, de esos que solo se entienden cuando te atreves a volar fuera de la jaula.

- Arantxa Ferrari.

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