La revolución ahora es mostrar el culo.
El feminismo no puede tratar a las mujeres como criaturas incapaces de elegir, pero tampoco puede festejar cada elección individual como si, por haber sido tomada por una mujer, fuera necesariamente liberadora.
Catalina Smith Estrada
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Hubo un tiempo en que animarse, para una mujer, era irse de la casa de los padres, de un matrimonio donde se estaba achicando, estudiar una carrera que nadie consideraba adecuada, trabajar aunque el marido pudiera mantenerla, firmar un libro con el propio nombre, elegir no tener hijos.
Ahora, aparentemente, animarse es abrir un OnlyFans.
La frase aparece con una liviandad extraña. Fulana “se animó” a mostrar más. Mengana “venció los prejuicios”. Otra “se liberó”. Lo cuentan en televisión con una mezcla de picardía y ceremonia de graduación, como si después de atravesar un largo camino de crecimiento personal la mujer hubiera llegado, finalmente, a la cima de su emancipación: una cámara frontal, una tanga de encaje y un link de pago.
Y hay que aplaudir.
Porque cualquier incomodidad parece sospechosa. Preguntar qué estamos celebrando te vuelve represora, enemiga del deseo o la libertad. Como si el problema fuera haber visto una teta. Como si la única discusión posible fuera estar a favor o en contra de que las mujeres se desnuden.
Pero el problema no es el desnudo.
El problema es que nos están vendiendo como revolución el acto bastante menos poético de convertir el cuerpo femenino en mercancía.
Vender contenido sexual no es simplemente “mostrar un poco más”. Hay un comprador, una tarifa, una demanda, un producto y una plataforma que se queda con una parte. Se le puede decir “contenido exclusivo”, reemplazar prostitución por creación, cliente por fan y tarifa por suscripción. Se puede aclarar que se cobra por contenido y no por hora, envolver todo en una estética rosa, roja o negra, agregar emojis de fuego y escribir “sé tu propia jefa” en cursiva. Así romantizado y todo, sigue siendo prostitución digital: la comercialización de contenido sexual para el consumo de terceros.
Tiene diferencias evidentes con la prostitución presencial. Puede haber más distancia física, más posibilidades de establecer límites y cierta administración de la exposición. Pero que una modalidad sea menos directa o menos peligrosa no la convierte automáticamente en una revolución feminista. Mucho menos la separa del sistema al que pertenece.
La palabra “elección” suele caer sobre esta conversación como una persiana.
“Ella eligió.”
Perfecto. Una mujer adulta puede elegir abrir una cuenta, disfrutarlo, ganar dinero y no sentirse víctima de nada. No hace falta negarle inteligencia ni autonomía para discutir la dimensión política de esa decisión. El feminismo no puede tratar a las mujeres como criaturas incapaces de elegir, pero tampoco puede festejar cada elección individual como si, por haber sido tomada por una mujer, fuera necesariamente liberadora.
Porque las mujeres también elegimos dentro de una cultura. Elegimos con hambre, con alquiler, con deseo, con miedo, con opciones desiguales, con un algoritmo respirándonos en la nuca y una sociedad que lleva siglos señalando qué parte de nosotras tiene más valor de mercado.
Algunas entran porque quieren. Otras porque necesitan plata. Otras porque les prometieron que era fácil. Otras porque vieron a una famosa contar que factura en dólares desde la cama y pensaron, con bastante lógica, que estudiar cinco años para cobrar una miseria parece joda.
Todas pueden haber elegido y, aun así, no estar eligiendo desde el mismo lugar.
No es lo mismo una actriz, una cantante, una conductora o una diputada con visibilidad, contactos y otras fuentes de ingreso que una chica que no llega a pagar una habitación. No es lo mismo convertir la propia exposición en una línea más de una marca personal que sentir que el cuerpo es el único capital disponible.
Sin embargo, los casos empiezan a mezclarse en el discurso público. El cuerpo sexualizado de una mujer famosa se volvió una parte casi inevitable de la conversación sobre ella. Puede monetizarlo, reivindicarlo o desmentir que lo haya vendido; de una manera u otra, la pregunta aparece.
¿Cuánto muestra? ¿Cuánto cobra?
Como si todas estuviéramos avanzando por la misma escalera y la desnudez paga fuera el último peldaño.
La discusión se vuelve más inquietante cuando baja de las famosas a las chicas que las miran. Hay adolescentes que ya hablan de abrirse un OnlyFans al cumplir dieciocho como antes se hablaba de elegir una carrera, trabajar de moza durante el verano o ahorrar para irse de viaje.
“Lo hago para ganar bien”; “Total, son solo fotos”; “Si ya las subís a Instagram, por lo menos cobra”.
La última frase tiene una lógica impecable y por eso da tanto miedo.
Si de todos modos nos miran, cobremos.
Si de todos modos nos sexualizan, facturemos.
Si de todos modos el cuerpo femenino es consumido, hagámonos empresarias de ese consumo.
Es una respuesta individual comprensible a una estructura espantosa. Pero sacar una ganancia de esa estructura no significa haberla destruido. A veces solo significa haber aprendido a moverse dentro de ella o, peor, a naturalizarla.
Puede haber placer femenino real en esa producción. Puede haber juego, exhibicionismo, curiosidad, ganas de ser mirada. Todo eso existe. Pero que una mujer disfrute haciendo algo no modifica automáticamente la naturaleza del mercado que lo compra.
Y ahí aparece la contradicción más difícil.
Durante décadas se insistió en que las mujeres éramos más que un cuerpo, que nuestro valor no dependía de ser jóvenes, deseables y disponibles. Peleamos para entrar a la política, a la ciencia, a la literatura, a las universidades, a las oficinas. Para que una mujer pudiera vivir de lo que pensaba, escribía, investigaba, construía o sabía hacer.
Y ahora llega un feminismo de papel, finito, casi transparente, que ve a una mujer vender contenido sexual y alcanza a decir: “reina, facturá”.
Qué poco. Qué feminismo tan insignificante y asqueroso si su mayor fantasía de libertad consiste en que la mujer cobre por cumplir aquello que el mercado ya esperaba de ella.
Eso no vuelve culpables a las creadoras. Tampoco significa que deban avergonzarse, ser perseguidas o quedarse sin derechos. Por supuesto que no.
La crítica no debería caer sobre ellas sino sobre las plataformas que lucran, los consumidores, la cultura que sexualiza cada vez más temprano y el discurso que presenta una industria como una aventura de desarrollo personal.
Porque además está la mentira de la plata fácil. Vemos a las que ganan fortunas, no a las cuentas que casi nadie paga. Vemos la foto bien iluminada, no la presión de publicar más, responder pedidos, competir, sostener el interés, cruzar un límite nuevo cuando lo anterior deja de vender.
La lógica de las plataformas y el algoritmo rara vez dice basta. Siempre pide más. Un poco más explícito, un poco más íntimo, un poco más seguido.
Una mujer puede abrir OnlyFans libremente. Puede disfrutarlo. Puede necesitarlo. Puede no arrepentirse nunca.
Pero llamarlo liberación es una condena. Hacia todas las que no tienen una posibilidad libre de elección. Hacia todas las adolescentes que compran la fantasía de que es una posibilidad para una mejor vida.
La valentía no se mide por cuánta piel queda fuera de la ropa. Nuestros cuerpos no son una inversión esperando rendimiento ni una PyME dormida debajo de la remera. Ser dueña de algo no significa tener que venderlo.
Tal vez esa sea la trampa más perfecta: convencernos de que ponerle precio al cuerpo es la máxima prueba de que nos pertenece. Mientras tanto, el mercado se frota las manos. Nos acomoda la luz, nos corrige el encuadre y nos deja creer que estamos haciendo la revolución.
