La IA no te va a sacar el trabajo (¿o sí?).
La inteligencia artificial y las plataformas no van a terminar con el empleo. Pero van a cambiar quién gana, cuánto y bajo qué contrato. Y ahí está el verdadero desafío.
Martín Tetaz
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En 1995, Jeremy Rifkin escribió El fin del trabajo, un libro con una tesis apocalíptica sobre los efectos que tendría la automatización de las computadoras. Desde entonces, en Estados Unidos creció como nunca el empleo y hoy tiene una de las tasas de desempleo más bajas de su historia. Treinta años después, siete de cada diez estadounidenses temen que la inteligencia artificial deje a demasiada gente sin trabajo para siempre, y la preocupación es compartida por muchos intelectuales latinoamericanos. Es un miedo razonable: vemos máquinas que escriben, programan, diagnostican y manejan autos. Pero cuando uno mira los datos, la película es otra: desde que salió ChatGPT, el empleo en EE. UU. creció un 6 %. Para entender la distancia entre el miedo y la realidad, conviene empezar por la historia.
En 1589, la reina Isabel I le negó la patente a William Lee, que había inventado un telar para tejer medias, por miedo a lo que la máquina podría hacerles a sus “pobres súbditos”. En 1811, los seguidores del legendario Ned Ludd destrozaban telares en Nottinghamshire. En 1930, Keynes escribió un ensayo titulado “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”, en el que profetizó que, por el espectacular salto de productividad del avance tecnológico, la gente trabajaría solo 15 horas por semana en 2030.
Todos tenían razón en algo: la tecnología destruye tareas y puestos concretos, pero también permite la creación de nuevos empleos. Por eso, todos se equivocaron en el saldo. Desde que Rifkin escribió su libro, el mundo sumó 1.430 millones de personas ocupadas.
En 1948, la tasa de empleo de EE. UU. era del 56,6 %, pero con la computadora personal, internet y la llegada masiva de las mujeres al mercado llegó al 64,7 % en 2000. Se desplomó en la pandemia (por un virus, no por robots) y hoy ronda el 59 %. El problema global no es la cantidad de empleo, sino su calidad: hay 2.100 millones de trabajadores informales.
El pesimismo vende porque es más fácil imaginar lo que se pierde que lo que todavía no fue inventado. Detrás está la falacia de que la economía tiene una cantidad fija de puestos de trabajo.
Sin embargo, hay cuatro fuerzas que juegan a favor del trabajo humano.
En primer lugar, la sustitución es parcial. Un empleo es un paquete de tareas y la IA reemplaza tareas, no ocupaciones enteras. Casi el 80 % de los trabajadores estadounidenses tiene al menos un 10 % de sus tareas expuestas a la IA, pero solo el 19 % tiene más de la mitad. Si una máquina hace el 30 % de lo que hago, no me reemplaza: me libera tiempo para el otro 70 %. Cuando llegaron los cajeros automáticos, los bancos abrieron más sucursales y el empleo de cajeros humanos creció.
En segundo lugar, hay también complementariedad. Los experimentos muestran que quien usa IA produce más. Por ejemplo, en un centro de atención al cliente, los agentes con IA resolvieron un 14 % más de casos por hora y los novatos, un 34 % más: la máquina les transfirió el conocimiento de los mejores. Más productividad significa más ingresos.
En tercer lugar, a diferencia del resto de los animales, los humanos somos insaciables. Cerca del 60 % del empleo de EE. UU. está en ocupaciones que no existían en 1940. Hagan este ejercicio: anoten los gastos de un mes y tachen lo que sus abuelos no tenían hace 50 años. Si viviéramos como nuestros viejos, nos sobraría la mitad del sueldo. La productividad libera recursos que volvemos a gastar en cosas nuevas, y ese gasto es el empleo de otro.
Finalmente, hay una limitación de costos para la universalización de la IA en todos los procesos. La tecnología no es gratis. Waymo, por ejemplo, hace unos 400.000 viajes semanales en robotaxi, mientras en EE. UU. circulan 289 millones de autos con casi 13 años de antigüedad promedio. Van a convivir durante décadas los autos autónomos con camiones viejos manejados por choferes, y los chatbots con la atención personalizada para quien esté dispuesto a pagarla.
Lo que sí va a cambiar es la forma legal del trabajo. Habrá gente con un empleo tradicional que lo complementará con horas de Uber o Rappi; gente que combinará varias plataformas sin tener empleador; contratos por obra o por plazo, que van a dominar en las pymes; y contratos de largo plazo con cláusula de salida, como los de los futbolistas, para retener talento en grandes empresas, particularmente las hyperscalers. Ya hoy, en Estados Unidos, hay un récord de 8,9 millones de personas con más de un empleo.
Comparemos con lo que pasó en Argentina en crisis anteriores. En el Tequila, el 2,6 % de la población perdió el trabajo; en 2001, la tasa de empleo cayó 3,8 puntos. En la estabilización de 2024-2025, en cambio, el nivel de empleo quedó parecido al de 2023. Cayó el empleo asalariado privado, pero el cuentapropismo creció un 7,2 %. Antes, si te quedabas sin empleo, tenías que mandar el CV a las empresas, esperar la convocatoria a varias entrevistas, pasar los test psicotécnicos, hacer los preocupacionales, etc. Las plataformas, en cambio, no piden estudios ni experiencia y absorbieron a decenas de miles de personas instantáneamente. Por supuesto, la capacidad tampoco es ilimitada y, ante un shock de gente que se suma a trabajar en tareas de reparto, transporte o ventas por internet, habrá menos ingresos por persona. Además, esos empleos tienen menos protección que los asalariados tradicionales.
Las plataformas también democratizan el acceso al mercado de los talentos. En 2017, 23.400 artistas generaban más de 10.000 dólares al año en Spotify; en 2025 fueron 81.100. Ya no hace falta que te firme un sello.
Pero en los nuevos mercados el éxito se reparte de manera extrema. De los 13 millones de personas que subieron música a Spotify, el 97,7 % no llega a facturar 1.000 dólares al año. En Netflix, el 20 % de los títulos concentra el 86 % de las horas vistas. Es la economía de las superestrellas: cuando un solo productor puede atender a todo el planeta, pequeñas diferencias de talento se vuelven enormes diferencias de ingreso.
Lo mismo pasará con la IA. Habrá “ciborgtrabajadores” que la usen para multiplicar su productividad y trabajadores que tengan que competir contra ella aceptando salarios más bajos, como el chofer frente al auto autónomo. La desigualdad no será entre los que tienen empleo y los que no, sino entre los que se potencian con la tecnología y los que compiten contra ella.
Por otro lado, el impacto en el mercado de trabajo será gradual. Un estudio reciente de investigadores de la UBA y el CONICET para la CAF analizó miles de avisos en los principales portales de empleo de Argentina y descubrió que apenas el 2,6 % pide conocimientos de IA, y casi siempre en términos generales: “inteligencia artificial”, “ChatGPT”. El 91 % de los avisos sigue pidiendo habilidades técnicas tradicionales, empezando por Excel.
La señal de alarma aparece en otro lado: en los jóvenes. Según un equipo de Stanford, el empleo de los chicos de 22 a 25 años en las ocupaciones más expuestas está un 19 % por debajo de lo esperable. No despiden adultos: directamente no contratan a los jóvenes que renovaban la plantilla. Y eso abre una pregunta inquietante: ¿cómo se forma un profesional sénior si nadie toma júniores?
El trabajo no se termina. Se transforma y se reparte distinto. El desafío no es evitar el fin del empleo, sino construir instituciones para un mundo nuevo: formación continua, protecciones que sigan a la persona y no al empleador, contratos modernos y una red para quienes queden del lado perdedor.
