El precio de privatizar el fútbol.

Las SAD prometen inversión, eficiencia y competitividad, pero esconden una discusión más profunda: quién controla los clubes y las divisas que generan.

Matías Antelo

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Si alguien nos pidiera que indicáramos dos pasiones que caracterizan a la Argentina de los últimos 50 años, probablemente debiéramos pensar en un binomio de palabras: el fútbol y el dólar. Lo curioso —o no tanto— es el nivel de imbricación que tienen ambos conceptos en los tiempos que corren.

Y es que si atendemos al hecho de que nuestro país se erige como el principal exportador de jugadores a nivel mundial —con el consecuente ingreso de divisas que dichas transacciones suponen— entenderemos la relación de alta intensidad a la cual nos referimos.

A este vínculo lo refuerza el hecho que señala a la falta de dólares como una de las mayores restricciones externas —si no la principal— que conspira contra el desarrollo de la economía argentina, tanto en su faceta productiva (a partir de un modelo de producción altísimamente extranjerizado y consecuentemente dependiente de importaciones) como de inversión y hasta de ahorro.

Así las cosas, el fútbol —y más precisamente los clubes que lo practican— aparece como esa fuente aparentemente inagotable de divisas históricamente escasas para la economía nacional.

Consecuentemente, no debería sorprendernos el alto interés del gobierno actual en sumar empresas allí donde —hasta hoy— sólo existen asociaciones civiles sin fines de lucro. Para que se entienda: es absolutamente esperable que un gobierno ávido de dólares —como prácticamente todos desde la década del 70 hasta hoy— intente posar sus garras en la actividad más rentable en términos de generación de divisas de nuestro país.

Para justificar su accionar, los defensores de las Sociedades Anónimas Deportivas (en adelante SAD) suelen recurrir a experiencias supuestamente exitosas en las que equipos europeos de mediana estatura (generalmente se citan los casos del Manchester City o el Paris Saint-Germain), a partir de la inyección repentina de capitales, acaban resultando protagonistas en competiciones tanto locales como internacionales. Lo curioso de esto es que siempre se citan los mismos pocos casos, cuyas historias e idiosincrasias tienen tanto que ver con las nuestras como el ir a la cancha deglutiendo un fish & chips o exhibiendo bufandas en lugar de banderas. Dicho de otra manera: se nos suele vender el éxito de las SAD extrapolando experiencias absolutamente alejadas de nuestra realidad, no sólo en términos económicos sino también históricos, sociales y hasta culturales.

Al mismo tiempo, esta operatoria supone la omisión de experimentos que, por cuestiones territoriales e incluso idiosincráticas, resultarían más comparables con nuestra realidad. Tal es el caso de SAD desarrolladas en países vecinos como Uruguay o Chile o el no tan lejano México. En este último, son numerosos los casos de equipos que, por decisiones empresariales, abandonan su ciudad de origen y continúan compitiendo en otra localidad. Quienes tengan 30 años o más recordarán el capítulo de Los Simpson donde los dueños del equipo de béisbol local toman la decisión de mudar la sede a otra ciudad. Sin ánimo de spoilear (si acaso esto fuera posible de hacer con un episodio estrenado hace ya más de 25 años), el rechazo que esta medida genera es claro incluso para editores norteamericanos que, a priori, tienen un vínculo más distante y frío en comparación a lo que sucede en estas latitudes.

Siguiendo con las experiencias de Chile o Uruguay, son numerosos los análisis que sindican a la llegada de capitales privados como la causal de la debacle tanto de sus ligas como de sus seleccionados nacionales. En suma, la idea neoliberal de privatizar como condición de posibilidad para una mejor administración de los recursos también allí entró en cuestionamiento. Basta con ver las experiencias de clubes como Rampla Juniors en Uruguay o la Universidad de Chile para constatar de qué estamos hablando.

Y como habrán notado, en estas líneas no hay mención a la pérdida de identidad y funciones sociales que supone el desembarco de SAD en las ligas donde lo hizo (tema ya abordado de manera cuantiosa) y quizá en esa omisión descanse lo novedoso de esta entrega: incluso en aquello en lo que supuestamente la llegada de los capitales privados implicaría una mejora —a saber, equipos más competitivos, pagos a término y crecimiento infraestructural— la experiencia latinoamericana refuta la teoría.

En otras palabras, cuesta encontrar ejemplos de correlación positiva entre la llegada de SAD y el éxito deportivo. Consecuentemente, los adalides de la privatización del fútbol que suelen venderla como una garantía para conseguir campeonatos se quedan sin demasiados argumentos.

Probablemente se nos quiera refutar citando el ejemplo brasilero, donde efectivamente varias instituciones de su liga adoptaron el formato de SAD (por cierto, ni Palmeiras ni Flamengo lo han hecho) y se mantienen competitivas internacionalmente. Suponiendo que la escala brasilera fuera comparable a la argentina en términos de alcance, publicidad e ingresos (nadie en su sano juicio podría comparar un país que quintuplica en población al otro, pero es algo que se hace casi cotidianamente), ese éxito deportivo acaba demostrándose efímero cuando las decisiones empresariales no coinciden con los objetivos perseguidos por un club de fútbol. Tal fue el caso de Botafogo que, a pocas semanas de haberse consagrado campeón de América, veía a su plantilla desgranarse en pos de nutrir a su “institución hermana”, el Olympique de Lyon, con la cual comparte el ser tutelada por una misma SAD. ¿El resultado? Un equipo que acabaría siendo vapuleado en su siguiente cotejo internacional de relevancia a manos de una asociación civil sin fines de lucro como Racing Club de Avellaneda.

Naturalmente, la pregunta que surge luego de lo expuesto hasta acá es qué se busca realmente cuando se promueve el desembarco de SAD a nuestro país. Ya vimos cómo el discurso de mejorar la competitividad de las instituciones fracasó en lugares no tan lejanos a nuestra realidad, por lo que no debería ser tomado como un argumento válido. Consecuentemente, lo que parece cada vez más evidente es la intención de los adalides de las SAD de administrar ellos —y no los clubes a través de la voluntad de sus masas societarias— las divisas generadas genuinamente por el fútbol argentino.

Consecuentemente, debemos exigirnos un debate honesto al respecto. Si bien son pocas las conducciones que en el actual fútbol argentino aparecen reivindicadas y defendidas por sus socios/as (nobleza obliga, deberíamos preguntarnos cuántas gestiones gozan de acompañamiento genuino en nuestro país independientemente del ámbito al que pertenezcan), las mismas están conformadas precisamente por ellos/as, lo que las convierte en pasibles de ser revocadas de manera democrática y atendiendo a los estatutos correspondientes. Pero ¿qué pasaría ante el eventual inconformismo con una plantilla gerencial? ¿Acaso alcanzan los malos resultados para exigir un cambio en la toma de decisiones? Si nos guiamos por las experiencias recientes, podríamos decir que no.

En todo caso, la discusión debería girar en torno a quiénes elegimos como representantes de nuestros clubes y no si su sola existencia debería ser reemplazada por un contubernio de empresarios cuyos intereses —casi por definición— se diferencian bastante de aquellos enarbolados por los/as socios/as (volver al ejemplo de Botafogo, Valencia o Universidad de Chile, por citar sólo tres) de la institución.

Esto necesariamente implica elevar los niveles de compromiso y participación de socios/as con la vida política de sus instituciones, ya que en definitiva las mismas no son más que experiencias de autogobierno. Experiencias sólo posibles en tanto y en cuanto los clubes permanezcan bajo el formato actual de asociaciones civiles sin fines de lucro y no como SAD, donde quienes deciden lo hacen a cambio de un salario.

Arrancábamos el texto hablando de dos pasiones de la Argentina moderna: el fútbol y el dólar. Será responsabilidad de quienes vivimos para el fútbol —y no del mismo— definir quién las debe administrar: si los/as socios/as de los clubes o grupos foráneos que nada comparten con nosotros, o mejor dicho sí; una de nuestras pasiones y no precisamente la que sentimos por el fútbol.

- Matías Antelo.

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