¿Dónde queremos que vivan los argentinos dentro de treinta años?

La Argentina después de la macro.

Lucas Delfino

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Ordenar la macroeconomía es una condición indispensable para volver a pensar el desarrollo. Pero no alcanza. El próximo desafío es territorial: construir una Argentina donde las oportunidades no se concentren siempre en los mismos lugares.

Una red de cincuenta ciudades capaces de ofrecer trabajo, educación, infraestructura y calidad de vida puede empezar a cambiar el mapa del país.

La estabilidad, la moneda, el crédito y las reglas previsibles son el punto de partida. Después viene una discusión más compleja: dónde queremos que se produzca, se invierta y, sobre todo, se viva en la Argentina de las próximas décadas.

Porque el desarrollo no ocurre solamente en las estadísticas nacionales, en una gran inversión o en una economía regional. Ocurre en las ciudades donde trabajamos, estudiamos, formamos una familia y construimos nuestra vida.

Durante años tuve la posibilidad de recorrer municipios de todo el país como Secretario de Municipios de la Nación. Y si algo aprendí en esos kilómetros es que la Argentina vista desde Buenos Aires se entiende bastante mal.

Tenemos más de 2.300 gobiernos locales. Algunos municipios del conurbano tienen más habitantes que provincias enteras. En el otro extremo hay localidades donde el intendente conoce por su nombre a buena parte de sus vecinos. Hay provincias con decenas de gobiernos locales y Mendoza tiene apenas 18 municipios.

No administran los mismos problemas. No tienen los mismos recursos. Ni siquiera tienen las mismas competencias. Sin embargo, demasiadas veces hablamos de “los municipios argentinos” como si fueran todos la misma cosa.

Chubut muestra hasta dónde llegan esas diferencias. Allí los municipios tienen una autonomía tributaria particular: administran impuestos que en otras provincias son provinciales, entre ellos Ingresos Brutos para contribuyentes directos, además del inmobiliario y las patentes.

No es una curiosidad tributaria. Es una discusión política: quien tiene responsabilidades necesita recursos. Y quien administra recursos tiene que responder por los resultados.

Mientras nuestra organización institucional permanecía relativamente estable, la vida de las ciudades cambió por completo.

Durante décadas fuimos agregándoles problemas a los intendentes mucho más rápido que capacidades para resolverlos. Hoy un municipio discute alumbrado y limpieza, pero también seguridad, transporte, ambiente, salud, reciclado, tecnología, vivienda, empleo y desarrollo económico.

El vecino, además, tiene una costumbre bastante incómoda para nuestra burocracia: cuando algo no funciona no consulta primero la Constitución para averiguar de quién es la competencia.

Golpea la puerta que tiene más cerca.

Por eso hay una pregunta elemental que deberíamos volver a hacernos:

¿Quién hace qué?

Para quienes creemos que el Estado tiene un rol en el desarrollo, la infraestructura importa. Mucho. Pero un Estado que intenta hacer de todo generalmente termina haciendo poco bien.

La Nación debe ocuparse de aquello que necesita escala nacional: estabilidad macroeconómica, seguridad nacional, energía, grandes rutas, ferrocarriles, puertos, aeropuertos y la infraestructura estratégica necesaria para integrar un país enorme.

Las provincias deben conectar sus ciudades, desarrollar infraestructura regional y generar competitividad en sus territorios.

Y los municipios deberían tener una obsesión mucho más concreta: que cada metro cuadrado donde vive un vecino sea un buen lugar para vivir.

Esto obliga también a revisar nuestras escalas institucionales.

La discusión sobre dividir o no la provincia de Buenos Aires es interesante por eso. Se puede estar a favor o en contra. Pero que una misma estructura deba responder a las necesidades de La Matanza, Tandil, Bahía Blanca o Carmen de Patagones debería, por lo menos, hacernos algunas preguntas.

Detrás de esa discusión aparece un problema histórico: la Argentina tiene una geografía profundamente desequilibrada.

En 1962, Arturo Frondizi estuvo en Tandil inaugurando el Dique del Fuerte. Allí habló de superar un país con un interior postergado y una Capital hipertrofiada. Su obsesión, junto con Rogelio Frigerio, era entender desarrollo e integración como partes de una misma cosa.

Más de seis décadas después, el problema sigue vigente.

Y quizás la propia Tandil ofrezca una pista.

Muchas veces conversamos con Fabio Quetglas sobre esa ciudad como una de las mejores síntesis argentinas de una ciudad intermedia. No porque sea perfecta. Justamente porque es real.

Universidad, industria, PyMEs, tecnología, turismo, producción agropecuaria, infraestructura e identidad. Una ciudad pensada para las personas, donde el conocimiento no vive separado de la producción y donde el sector público, el privado y la universidad aprendieron a convivir y potenciarse.

El desarrollo también puede tener escala humana.

Sarmiento había imaginado algo parecido un siglo antes. En 1868, pocos días antes de asumir la Presidencia, prometió “hacer cien Chivilcoy”. Había encontrado allí una comunidad de educación, propiedad, trabajo y progreso que quería multiplicar por el territorio argentino.

Quizás hoy no necesitemos cien Chivilcoy ni cien Tandil.

Necesitamos cincuenta ciudades argentinas donde progresar no implique necesariamente mudarse a Buenos Aires.

Ciudades con universidades, conectividad, espacio público, infraestructura y buenos servicios. Algunas industriales; otras tecnológicas, agropecuarias, turísticas o logísticas. No se trata de que todas hagan lo mismo, sino de potenciar lo que cada territorio puede hacer mejor.

Ciudades capaces de retener a sus jóvenes, atraer talento y recibir inversiones. Y también de asociarse entre ellas.

Porque ninguna ciudad puede resolver todo sola. Cuando varias coordinan transporte, logística, residuos, turismo, infraestructura o estrategias productivas, aparece otra escala: corredores, regiones, ecosistemas.

Buena parte del mundo funciona cada vez más así: redes de ciudades que colaboran y, al mismo tiempo, compiten por talento, inversión y calidad de vida.

Nosotros seguimos demasiado pendientes de Buenos Aires.

El RIGI puede atraer una inversión. Una economía regional puede exportar más. Una ruta puede conectar una provincia.

Pero después alguien tiene que querer vivir ahí.

Una inversión puede instalar una planta. Construir una comunidad alrededor es bastante más difícil: hacen falta viviendas, escuelas, universidades, hospitales, calles, conectividad, espacios públicos y oportunidades para las familias que decidan quedarse.

Ahí está, quizás, una de las discusiones que todavía falta incorporar a nuestra idea de desarrollo. No alcanza con preguntarnos cuánto queremos crecer, qué queremos producir o dónde queremos invertir.

También tenemos que decidir cómo queremos ocupar nuestro territorio.

Y eso exige superar una discusión bastante rudimentaria sobre el Estado: entre uno gigantesco que pretende hacerlo todo y uno ausente que supone que todo se resolverá solo.

Hay una alternativa más pragmática.

Una Nación concentrada en generar condiciones y construir infraestructura estratégica. Provincias que integren sus territorios. Municipios profesionales, con buenos equipos, recursos y responsabilidades claras. Y ciudadanos que sepan quién hace qué, cuánto cuesta y a quién reclamarle cuando no funciona.

Ese puede ser el debate después de la macro.

Durante demasiado tiempo desarrollar el interior fue una consigna. El desafío ahora es convertirlo en una política concreta.

Ordenar la macro para volver a crecer. Integrar el territorio para que ese crecimiento no vuelva a concentrarse en pocos lugares, nuevos o viejos. Y construir una red de ciudades capaces de transformar inversión en desarrollo y desarrollo en calidad de vida.

Porque la respuesta a dónde queremos que vivan los argentinos dentro de treinta años no debería ser Buenos Aires por necesidad, ni el interior por resignación.

Debería ser donde elijan vivir.

Una Argentina verdaderamente desarrollada será aquella donde elegir un lugar en el mapa no signifique elegir, al mismo tiempo, cuántas oportunidades estamos dispuestos a perder.

- Lucas Delfino.

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