¿A los tibios los vomita Dios?

El centro es el lugar donde está la mayoría de los argentinos y, al mismo tiempo, el espacio desde el que casi nadie gana. No es un problema de geografía ideológico-electoral, es un dilema de incentivos y de tiempo.

Mara Pegoraro

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En la Argentina de 2026 el centro no es una hipótesis de manual. Cuatro de cada diez argentinos no se identifican con ningún partido. En una escala en la que 1 es la izquierda y 10 la derecha, el promedio de autoubicación ideológica cae en 5,3 y quienes no simpatizan con nadie se ubican, en promedio, en 5,1. Si la competencia electoral funcionara como en el modelo clásico del votante mediano, la oferta debería converger hacia ese punto y el que llegue antes que el resto gana.

No ocurre. Las fuerzas que se presentan como de centro, sin otra identidad que la moderación, rara vez llegan primeras. La paradoja admite una fórmula sencilla: el centro puede ser ganador, pero no es atractivo porque pierde en la largada. En el inicio de la contienda electoral lo que mueve votos es la intensidad, la diferenciación y la promesa de un cambio inmediato.

Esa paradoja se explica con dos herramientas que conviene usar juntas. La primera viene de la economía: el centro enfrenta un problema intertemporal, porque exige pagar costos hoy a cambio de beneficios inciertos mañana. La segunda viene de la ciencia política: el centro es un bien público que todos los competidores necesitan y ninguno quiere financiar, lo que se dice un clásico free riding.

El centro existe, pero no es un programa.

Las encuestadoras de opinión pública y humor social tienden a coincidir en la siguiente distribución: el 36% de los argentinos se ubica en el 5, el punto medio de la escala, y casi la mitad (43%) se ubica entre el 5 y el 6. Los polos atraen poco, aproximadamente el 15% se define en la izquierda (1 y 2) y el 10% en la derecha (9 y 10). Medido por autoubicación, el país es moderado.

Los datos de PULSAR confirman que las identidades partidarias sí separan. Los simpatizantes peronistas se ubican en 3,8; los de Juntos por el Cambio, en 6,7; los libertarios, en 7,5. Los ningunistas quedan en el medio: 5,1. Entre el peronismo y La Libertad Avanza hay casi cuatro puntos de distancia. La etiqueta ordena, pero polariza. Esto representa un problema para la teoría pero también para la praxis. Los partidos operan como simplificadores de la oferta y reducen la incertidumbre. Se espera por lo tanto que tengan un efecto moderador. En la Argentina la identidad partidaria cumple la primera función pero no la segunda: simplifica, pero aleja.

Quienes se dicen de izquierda, de centro y de derecha tienen distribuciones de creencias superpuestas en torno al 80%, y sus promedios caen casi en el mismo punto. La etiqueta «centro» no agrupa a moderados con un programa común, agrupa a personas de todas las ideologías que eligen no tomar partido por alguno de los extremos.

Ese es el primer dato del problema. El centro no es una base electoral con demandas propias que una oferta pueda representar, es una posición de salida del conflicto. Y una posición de salida no se moviliza con un programa de centro porque no requiere expresarse.

El gráfico muestra cómo se distribuyen los ciudadanos en la escala, dónde se ubican en promedio los simpatizantes de cada espacio y dónde están sus creencias. Visualmente el centro es la primera minoría con chances de convertirse en mayoría a izquierda y derecha, y la curva de preferencias muestra una distribución normal.

Una lectura sugiere que pararse en el centro es lo más redituable porque parece haber una demanda que exige construir una oferta. Una interpretación un poco menos lineal indica exactamente lo contrario. Es preciso capturar el centro desde los extremos para garantizar el núcleo, ser nítido y además tener chances de moderarse una vez clasificados como ofertas potencialmente ganadoras. Todos los votantes juegan a ganador, los de centro mucho más.

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Un problema intertemporal: el centro rinde tarde.

En economía, una decisión es intertemporal cuando sus costos y beneficios no ocurren en el mismo período. Ahorrar, invertir o educarse implican renunciar a consumo presente por un retorno futuro. Que la decisión convenga depende de la tasa de descuento: cuanto más se valora el presente, menos vale cualquier promesa de mañana.

Construir una opción de centro es exactamente eso. Los costos son inmediatos: renunciar a la confrontación que ordena la agenda, aceptar menos visibilidad, sostener matices en un ecosistema mediático que premia el grito, armar coaliciones heterogéneas que se ven débiles. Los beneficios son diferidos: reputación de gobernabilidad, capacidad de captar segundas preferencias, ventaja en el balotaje. El centro es una inversión de maduración larga.

El problema es que la política argentina opera con una tasa de descuento altísima. El calendario es corto. Cada dos años hay elecciones y las de medio término suelen funcionar como plebiscito del gobierno. La economía, con su historia de inflación y crisis recurrentes, educó a los votantes en la urgencia. Y el desinterés crece, los poco o nada interesados en la política pasaron del 45% al 63% en un año. Un electorado que presta poca atención responde a señales intensas, no a construcciones pacientes.

El valor presente del centro es casi nulo. Un dirigente racional, que debe sobrevivir a la próxima elección para tener una siguiente, no puede esperar a que la inversión madure. Existe además un problema de inconsistencia temporal: todos prometen moderarse después de ganar, pero ninguno puede comprometerse creíblemente a hacerlo, y nadie quiere moderarse antes, cuando eso cuesta votos.

El centro como bien público: todos lo usan, nadie lo construye.

La lógica de la acción colectiva enseña que los bienes públicos se subproducen. Si un bien beneficia a todos y nadie puede ser excluido de usarlo, cada actor tiene incentivos para esperar que otro pague su provisión. Es el free rider: el que disfruta del bien sin financiarlo.

El centro electoral tiene esas dos propiedades. No es excluible: cualquier fuerza puede apelar a él, sobre todo en la segunda vuelta, cuando los votos moderados se reparten entre los dos finalistas, sin que ninguno haya invertido en ellos. Y no es rival en el sentido relevante: que un candidato gire al centro en el balotaje no impide que el otro haga lo mismo.

De ahí la conducta observable. Los competidores principales construyen identidad en los polos, donde el retorno es apropiable —militantes, intensidad, voto duro— y dejan el centro para el final, cuando ya pueden usarlo gratis. El que intenta proveerlo desde el inicio paga todos los costos y no captura los beneficios. Los votos que moviliza terminan sumando a otro en la ronda decisiva.

El free riding opera también hacia el interior de las coaliciones. En una interna, el moderado le provee a su espacio la imagen de amplitud que le permitirá crecer después; el halcón, en cambio, se queda con la intensidad del núcleo que termina definiendo la elección. Si el halcón gana, igual hereda la marca moderada de la coalición. El moderado pone el bien, otro lo cobra.

2023: el centro decidió, pero no ganó.

La secuencia electoral de 2023 resulta un laboratorio para estas dos ideas.

Las PASO. La Libertad Avanza fue la fuerza más votada con 31,57%, seguida por Juntos por el Cambio (29,72%) y Unión por la Patria (28,66%). La sorpresa no fue sólo Milei, fue la interna de Juntos por el Cambio. Horacio Rodríguez Larreta, que un año antes encabezaba las encuestas con un discurso de amplitud y acuerdos, perdió frente a Patricia Bullrich por seis puntos (17% contra 11%). Es el free riding interno en estado puro, el moderado había construido la promesa de una coalición gobernable, pero la interna la decidió el núcleo intenso. La opción de centro sin coalición mayor, la de Juan Schiaretti, alcanzó apenas el 4%.

La primera vuelta. Con más participación, Sergio Massa llegó primero con el 37%, Milei mantuvo su 30% y Bullrich obtuvo 24%. Schiaretti casi duplicó su caudal pero sin acercarse a la competencia real. El electorado moderado existía, estaba repartido entre tres ofertas y no tenía chances con una oferta propia.

El balotaje. Milei ganó con el 56%, creció más de 25 puntos respecto de la primera vuelta. Esos votos vinieron mayoritariamente de Bullrich y de Schiaretti, es decir, del espacio moderado y de centroderecha. El centro decidió la elección, pero la ganó el candidato más alejado de él, que no había invertido un solo punto en construirlo.

Massa, por su parte, intentó ocupar el centro en la segunda vuelta con la propuesta de un gobierno de unidad nacional. Fue una inversión tardía y sin credibilidad: la inconsistencia temporal en acción. La lección de 2023 no es que el centro no importe. Es que importa en la ronda en la que nadie compite por él, sino que se lo reparte.

Qué hace falta para llegar primero.

Si el diagnóstico es correcto, la pregunta no es cómo ubicarse en el centro, sino cómo resolver sus dos fallas. Para el problema intertemporal, hay que bajar la tasa de descuento. Actores con horizontes largos —gobernadores sin reelección en juego, partidos con anclaje territorial, liderazgos que no dependan de una sola elección— pueden permitirse invertir sin cobrar enseguida. Para el free riding, hay que volver apropiable el bien: reglas que obliguen a definir alianzas antes y no después de la primera vuelta, o un liderazgo capaz de convertir la moderación en identidad y no en ausencia de ella, hacer “la revolución de los moderados”.

Esto último es lo más difícil. Los datos muestran que quienes se dicen de centro no comparten un programa, sino una distancia. Una oferta que sólo diga «ni unos ni otros» le habla a esa distancia, no a una demanda. Todas las reformas políticas propuestas y todas las estrategias de descalce de la elección entre nación y provincias tributan en el sentido opuesto a construir para el centro.

Tal vez sirva recurrir a una metáfora futbolera para sintetizar. En la previa de todo partido importante, los directores técnicos suelen repetir una especie de axioma: “el partido lo gana el que pueda dominar el mediocampo”. Esto no significa quedarse cerca del círculo central y desatender las áreas, donde todo se termina definiendo. Más bien, todo lo contrario.

El oficialismo tendrá que hacerse fuerte en la defensa de su propio arco; para eso necesitará que los volantes retrasados frenen los avances rivales antes de que sean demasiado peligrosos. La oferta opositora tendrá que robustecer su ataque, para ello es indispensable que los mediocampistas se paren un poco más adelantados, generen volumen de juego y puedan tener chances de quebrar la valla rival.

La victoria será del equipo que mejor atraviese el mediocampo.

- Mara Pegoraro.

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